Thursday, October 29, 2026

Informe De ACS: 220 Millones De Cristianos Son Víctimas De Violencia Y Persecución

Esta es una información de Vatican News, Oct-29-2026.

Informe de ACS: 220 millones de cristianos son víctimas de violencia y persecución

«¿Perseguidos y olvidados?», el informe sobre los cristianos oprimidos a causa de su fe durante el período 2024-2026, publicado por la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, constata un empeoramiento de las condiciones de los bautizados en el 55 % de los 18 países examinados. 413 millones de fieles viven en países en los que se producen graves violaciones de la libertad religiosa y, por tanto, están expuestos a este riesgo.

Cecilia Seppia – Ciudad del Vaticano


«Inmediatamente nos pidieron que nos convirtiéramos y, cuando nos negamos, empezaron a golpearnos. Nos azotaron. Nos ataron las piernas y los brazos y nos pusieron cadenas en los tobillos».

Superviviente por milagro, Solomon Ako, un joven cristiano de 33 años procedente del norte de Nigeria, relata el infierno en la tierra que viven millones de creyentes en el mundo. Secuestrado durante un asalto de milicianos extremistas a su aldea, en las proximidades de Zaria, Solomon describió a Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACS) las torturas inhumanas a las que fue sometido: durante horas, él y los demás rehenes eran mantenidos sumergidos en agua fría hasta el cuello, bajo la amenaza constante de muerte si no renegaban de su propia fe.

Lamentablemente, su historia no es un caso aislado, sino el rostro brutal de una catástrofe mundial de los derechos humanos. El nuevo informe de ACS, «¿Perseguidos y olvidados? Informe sobre los cristianos oprimidos a causa de su fe 2024-2026», publicado este 27 de octubre, documenta esta silenciosa hecatombe.

De los datos recopilados por la Fundación Pontificia se desprende que, en más de la mitad de los países examinados (el 55 %), la opresión contra los cristianos ha aumentado considerablemente con respecto al bienio anterior; en ninguno de los Estados analizados se registran mejoras y, actualmente, más de 220 millones de personas en el mundo están directamente expuestas a las formas más atroces de persecución.

«Detrás de estas cifras atroces —afirma Marta Petrosillo, directora del Informe de ACS— hay rostros, personas, familias. Me ha ocurrido a menudo entrevistar a cristianos que han sufrido violencia, discriminación e incluso persecución, y uno de sus primeros pensamientos ha sido precisamente pedir, especialmente a nosotros, sus hermanos en la fe, que no los olvidemos. Durante los 20 años de publicación del informe, nos hemos ocupado de denunciar y analizar su situación, pero también de hacer que su drama sea conocido en todo el mundo y de impedir que a la persecución se sume la indiferencia».

La plaga hiperextremista en África

Si se comparan los análisis de la fundación con los del Global Terrorism Index 2026, emerge un dato inequívoco: el África subsahariana se ha convertido en el principal foco de violencia islamista mundial. Seis de los diez países más afectados por el terrorismo global se encuentran en esta región: Burkina Faso, Níger, Nigeria, Malí, Somalia y la República Democrática del Congo.

Aquí, el tipo de violencia es devastador y apunta a la limpieza étnica y religiosa. En Nigeria, sobre todo, la intensificación de los ataques perpetrados por milicianos y pastores fulani radicalizados en el Middle Belt ha convertido pueblos enteros en fosas comunes, contribuyendo a la impactante cifra de más de 3,5 millones de desplazados internos.

El informe documenta atrocidades espeluznantes, como la masacre de la ciudad de Yelewata, donde, en una sola noche, más de 200 cristianos fueron asesinados a machetazos o quemados vivos mientras dormían.

Un poco más al norte, en Burkina Faso, los grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda (como el JNIM) controlan ya al menos el 40 % del territorio nacional. En esta tierra, los cristianos son ejecutados sistemáticamente —como los 26 hombres degollados en la diócesis de Nouna—, mientras que a los supervivientes se les impone la prohibición absoluta de transmitir la fe a los niños.

El mismo patrón se repite en Malí, donde, según el informe, algunas comunidades cristianas se han visto obligadas a ajustarse a las prescripciones islámicas en materia de vestimenta y comportamiento social, mientras que otras han sufrido asesinatos y desplazamientos forzosos.

En Mozambique, particularmente en la provincia de Cabo Delgado, el objetivo declarado del Estado Islámico es el establecimiento de un califato regido por la sharía. El balance habla de más de 1.000 cristianos asesinados desde 2017, con prácticas que incluyen decapitaciones y el secuestro sistemático de mujeres y niños.

La violencia en Asia

Al dirigir la mirada hacia Asia, las violencias cambian de forma, pero mantienen exactamente la misma ferocidad, dividiéndose entre el férreo control totalitario de los regímenes comunistas y el auge del nacionalismo religioso radical.

En Corea del Norte, el Estado considera el cristianismo una influencia occidental perjudicial y una amenaza directa para el sistema; por ello, la fe debe vivirse en una clandestinidad tan absoluta que los creyentes ocultan la Biblia incluso a sus propios cónyuges. Quienes son descubiertos se enfrentan a torturas, trabajos forzados o la ejecución; se estima que los cristianos representan una proporción significativa de los aproximadamente 190.000 detenidos en los campos políticos.

En China, la persecución ha adquirido los rasgos de la «sinización» forzada de la doctrina (es decir, ese proceso de asimilación cultural mediante el cual se impulsa u obliga a comunidades, minorías étnicas o instituciones religiosas no chinas a conformarse a la cultura, la lengua, la identidad y, sobre todo, la ideología política de la mayoría china). El Partido Comunista ha intensificado los controles digitales con la introducción, en septiembre de 2025, del Código de conducta en línea para el personal religioso, que convierte en ilegal cualquier transmisión en directo o contenido religioso que no esté autorizado por el Estado. Quienes se niegan a doblegarse, como los miembros de las Iglesias «clandestinas», sufren detenciones masivas, encarcelamientos y la demolición física de los lugares de culto.

En India y Pakistán, la principal amenaza es la hostilidad social alimentada por el extremismo religioso de carácter nacionalista. En el contexto indio, la retórica radical del Hindutva ha justificado más de 700 episodios de violencia anticristiana tan solo en 2025, respaldada por estrictas leyes estatales «anticonversión». Los extremistas interrumpen las liturgias, agreden físicamente a los fieles e incluso llegan a negar el derecho a recibir sepultura, obligando a las familias cristianas a exhumar los cuerpos de sus seres queridos.

En Pakistán, la violencia se traduce en el drama endémico de los secuestros, las conversiones forzadas y los matrimonios forzados de niñas menores de edad pertenecientes a minorías religiosas, a menudo avalados por los tribunales, que hacen prevalecer la ley islámica (Sharía) sobre las normas civiles de protección.

La desolación de Oriente Medio y el caso de Nicaragua

Oriente Medio, tierra de origen del cristianismo, continúa viviendo una amenaza existencial. En Siria, tras la caída del régimen de Assad, en diciembre del 2024, y la llegada al poder del líder yihadista Ahmed Al-Sharaa (Hayat Tahrir al-Sham), la población cristiana, ya diezmada por la emigración, afronta una nueva oleada de terror. A pesar de las garantías ofrecidas por el Gobierno de transición, la progresiva islamización del espacio público ha reavivado la violencia, que culminó en el devastador atentado suicida del 22 de junio de 2025 contra la iglesia de Mar Elias, en Damasco. El ataque, condenado también por el Papa León XIV, golpeó a la comunidad grecoortodoxa del barrio mixto de Dweil'a (en la periferia de Damasco), dejando un balance de 25 muertos y más de 60 heridos.

Por último, el informe centra la atención en América Latina, donde Nicaragua destaca por una represión calificada de «desastrosa» por las comisiones internacionales. El Gobierno de Daniel Ortega ha atacado sistemáticamente a la Iglesia católica, confiscando bienes y seminarios, cerrando instituciones y exiliando a cientos de miembros del clero, entre ellos el presidente de la Conferencia Episcopal, en noviembre del 2024, hasta llegar a prohibir incluso la entrada al país a personas que llevan Biblias.

Un silencio cómplice

El aspecto más inquietante que se desprende del informe de ACS no es solo la variedad y la extensión de las violencias, sino también el muro de indiferencia y la falta de respuesta con que estas noticias son recibidas o, peor aún, ignoradas en Occidente. Como ha denunciado también el Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, monseñor Ettore Balestrero, «la hostilidad anticristiana se minimiza o se ignora con demasiada frecuencia en los medios de comunicación internacionales».

Cuando un atentado devasta una iglesia en Nigeria o en Siria, la tendencia casi automática de las cancillerías occidentales y de las grandes cadenas informativas es «secularizar» el martirio y relatar la violencia exclusivamente desde la perspectiva de los conflictos étnicos, las disputas por los recursos hídricos y las tierras (como en el caso del enfrentamiento entre agricultores y pastores fulani) o las inestabilidades geopolíticas posteriores a la caída de un régimen.

Se elimina, casi con vergüenza, el único elemento que tanto las víctimas como los verdugos señalan con claridad: la fe en Cristo y la especificidad del martirio religioso. Esta narrativa distorsionada impide comprender que, en el resto del mundo, los cristianos constituyen una minoría pobre, vulnerable y privada de derechos y protección.

Sin embargo, para quienes sufren sobre el terreno, saber que no han sido olvidados constituye la única tabla de salvación, como recordó el propio Solomon Ako, que permaneció fiel a pesar de las cadenas, en el barro de su cautiverio: «Cada noche, cuando nuestros secuestradores dormían, rezábamos. Rezábamos sabiendo que no estábamos solos, que Dios estaba con nosotros y que había personas que nunca nos abandonarían. Esto es lo que nos dio fuerzas para resistir entonces y lo que sigue dándonos fuerzas hoy».