Saturday, April 4, 2026

Vigilia Pascual En El Santo Sepulcro

El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, ha presidido la Vigilia Pascual en la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén el Sabado Santo, Abr-04-2026, en medio de las restricciones de seguridad a raíz de la guerra.

Esta es la homilía pronunciada por el cardenal Pizzaballa.

Homilía de la Vigilia Pascual

Santo Sepulcro, 4 de abril de 2026

Gn 1,1 – 2,2; Gn 22,1-18; Ex 14,15 – 15,1; Is 54,5-14; Is 55,1-11; Bar 3,9-15.32 – 4,4; Ez 36,16-17a, 18-28; Rom 6,3-11; Mt 28,1-10

Hermanos y hermanas,

Esta Santa Vigilia nos ha conducido en un camino de espera y esperanza, de las tinieblas a la luz. No con un salto repentino, sino a través de un largo y paciente recorrido marcado por la Palabra de Dios, por el silencio, por el fuego y por el agua. La Pascua no comienza con la proclamación de la victoria, sino con la escucha de una historia: una historia que afronta la muerte para llegar a la vida.

Las puertas siguen cerradas. El silencio es casi absoluto, roto quizás por el ruido lejano de lo que la guerra sigue sembrando en esta tierra santa y desgarrada. Sin embargo, precisamente aquí, en este lugar donde la muerte ha sido habitada por Dios, la Palabra de Dios resuena más fuerte que cualquier silencio. Y lo digo con sencillez: también nosotros, hoy, celebramos con una fe probada, frágil, quizás cansada… y sin embargo aún en pie. No porque seamos fuertes, sino porque aquí Alguien nos sostiene.

Aquí la muerte no fue evitada, ni atenuada, sino que fue afrontada hasta el final. Dios no eligió una vía de escape, sino que decidió entrar en la condición humana en su realidad más profunda, asumiendo sobre sí todas las dimensiones de la existencia, incluida aquella que hoy, lamentablemente, experimentamos de manera a menudo violenta: el dolor y la muerte. No para “explicarlos” desde lejos, sino para habitarlos de cerca.

La larga liturgia de la Palabra que hemos escuchado nos ha guiado a través de momentos decisivos. La creación que nace del caos: "Dijo Dios: «¡Exista la luz!». Y la luz existió" (Gn 1,3). Luego la prueba de Abraham en el monte Moriah, donde un padre es detenido por el cuchillo y ve un carnero enredado entre los zarzales, imagen de un sustituto que prefigura el verdadero Cordero. Luego viene el paso del Mar Rojo: el mar abierto como vía de liberación, no de huida. Luego vienen las palabras de consuelo del profeta Isaías: "Por un breve instante te oculté mi rostro; pero con amor eterno tuve compasión de ti, dice tu redentor, el Señor" (Is 54,8). Y de nuevo la invitación universal: "Venid todos los sedientos, venid a las aguas" (Is 55,1). Luego llega la voz de Baruc que indica la Sabiduría como camino de vida. Finalmente, la promesa de Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo" (Ez 36,26). Cada paso nos ha conducido a este punto, donde el Evangelio de Mateo nos relata: "Y de pronto hubo un gran terremoto; pues un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella" (Mt 28,2).

Esta escena no es un simple detalle narrativo. Es el corazón de un pasaje que sacude el mundo: una piedra removida no por fuerzas humanas, sino por el poder divino. En este momento, parece que no hay nadie que pueda rodar las piedras de las tumbas que el sufrimiento por esta situación de guerra sigue cavando. Pero precisamente por esto escuchamos con más urgencia la pregunta que las mujeres llevaban en el corazón: "¿Quién nos moverá la piedra?" (Mc 16,3). No es solo una pregunta práctica. Es la pregunta de cada búsqueda de esperanza cuando parece que ya no hay nada que hacer. Es la pregunta de quienes aman sin buscar respuestas inmediatas, de quienes se acercan al misterio con confianza, incluso cuando el camino parece oscurecido. Hoy, esa pregunta surge de toda Tierra Santa, y de cada lugar del mundo marcado por la violencia. Y la respuesta no es un anuncio vacío, sino un acontecimiento: la piedra ha sido removida. No por nuestra fuerza, sino por el poder del amor de Dios que es más fuerte que la muerte.

Hermanos y hermanas, esa pregunta —"¿Quién nos moverá la piedra? "— aquí, hoy, no es solo un eco lejano del Evangelio. Es el clamor que surge de nuestros hogares, porque a nuestro alrededor, las piedras han sido colocadas de nuevo en su lugar. Y, sin embargo, hoy estamos aquí: en un sepulcro que ha sido abierto de una vez por todas. No porque hayamos sido capaces de quitar la piedra con nuestras propias fuerzas —sabemos bien cuán débiles somos, cuán temerosos somos—, sino porque Alguien la ha quitado antes que nosotros, sin esperar a que estuviéramos preparados, sin preguntarnos si teníamos suficiente fe. La piedra fue removida cuando aún era de noche, cuando aún nadie creía que fuera posible. Y este es el primer anuncio pascual, aquí y ahora: Dios no espera a que terminen nuestras guerras para empezar a resucitar la vida. Empieza en la oscuridad. Comienza en el silencio. Comienza en el sepulcro aún cerrado.

Así pues, esta Vigilia nos interroga: ¿seguimos intentando apartar por nuestra cuenta las piedras que nos oprimen? ¿O dejamos que sea Él, el Viviente, quien nos preceda? Porque la Pascua no es el resultado de nuestros esfuerzos por la paz, por muy necesarios que sean. Es el fundamento que hace posible todo esfuerzo. Si el sepulcro está vacío, entonces nada está verdaderamente cerrado. Ninguna tierra está eternamente en disputa, ninguna herida es incurable para siempre, ningún recuerdo está prisionero del odio para siempre. No porque sea fácil —sabemos lo difícil que es—, sino porque el rumbo de la historia ha cambiado. Ya no caminamos hacia la muerte: desde este sepulcro, la muerte queda a nuestras espaldas. Y aunque la guerra parezca decirnos lo contrario, somos nosotros los que hemos visto la piedra removida.

Y junto a esa piedra, el Evangelio parece rodar también otra piedra: el miedo. Porque la primera palabra de la Pasqua, aquí, es simple y reconfortante: "No tengáis miedo" (cfr. Mt 28,5).

Entrar en este sepulcro vacío – incluso sin peregrinos, aunque estemos solos, a pesar de la guerra – significa enfrentarse con el misterio de la vida que se renueva. El sepulcro vacío no es un vacío que anula la historia. No nos dice que el dolor nunca existió ni que vaya a cesar. El cuerpo resucitado de Cristo, nos lo recuerdan los Evangelios, no está exento de las huellas de la pasión. Pero esas llagas no son signos de derrota: son el sello de una vida que ha vencido a la muerte, llevándola dentro de sí. He aquí el corazón de la Pascua: Dios no cancela nuestra historia, la transfigura, la abre a la luz.

Nos dice que la realidad misma puede ser transformada por el poder de Dios. Ha abierto un paso donde antes solo había un muro. Donde había una piedra definitiva, ahora hay un umbral.

Jerusalén, ciudad marcada por la memoria de la muerte y hoy por tantas divisiones, se convierte en el lugar donde se anuncia la vida. No una vida ideal, lejana, espiritualista. La vida concreta, la de las personas, de los hogares, de las relaciones, de las comunidades. La pregunta que formuló el profeta Ezequiel – "¿Podrán estos huesos volver a vivir?" (Ez 37,3) – es una pregunta que también nosotros nos hacemos hoy, contemplando los escombros a nuestro alrededor y en nuestro interior. Y la respuesta de la fe pascual es clara: sí, pueden volver a vivir. No porque Dios haga milagros mágicos, sino porque Dios es fiel a la vida en su realidad más concreta. No a una vida sin contradicciones, sino a una vida que puede atravesar la contradicción y salir transformada. Y esto ya es un juicio pascual sobre la historia: la muerte, con sus aguijones (Cf. 1Cor 15,55) no es dueña, no es soberana.

Y permitidme decirlo así: si aquí, hoy, hay una "piedra" que realmente podemos llevarnos, es la que nos pesa en nuestro interior – la piedra de la resignación, del rencor, de la desconfianza. El Evangelio no nos pide que realicemos hazañas extraordinarias, sino que protejamos la vida, incluso en las pequeñas cosas. No para negar la cruz, sino para transfigurarla, haciéndola parte del camino de salvación que nos une a la vida de Dios

Y esta es el mandato pascual, aquí desde el Santo Sepulcro: no quedarnos inmóviles ante las piedras del mundo, sino convertirnos – en la medida de nuestras posibilidades – en "piedras vivas", signos de reconciliación, artífices de esperanza, testigos de una vida que la muerte ya no puede encerrar.

Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya!

+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

Colección de fotos.

Friday, April 3, 2026

Y León Cargó La Cruz

Realizado el Via Crucis del Viernes Santo en el Coliseo Romano y, como se había anunciado, el Papa León XIV cargó la cruz durante todas las catorce estaciones. Las informaciones señalan que la cruz era liviana, no era para más, y tenía un tamaño de 1,5 mts en su vertical. Los asistentes no sabemos cuántos eran, porque unos medios señalaban 20 mil, otros 30 mil, entre los cuales destacaban al alcalde de Roma, Roberto Gualtieri. Y efectivamente, desde 1965, tiempos de Paulo VI, como creíamos inicialmente, no había habído ningún Pontífice que cargara la cruz durante toda la ceremonia.

Liturgia De La Pasión Del Señor En El Santo Sepulcro De Jerusalén

El Patriarcado Latino de Jerusalén ha transmitido hoy el oficio de la De La Pasión Del Señor presidido por el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, en la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Ya conocen Ustedes las actuales férreas medidas de seguridad que han obligado a que las ceremonias correspondientes a la Semana Santa de los Cristianos se realicen en forma privada con un grupo reducido de personas.

En Facebook aparece una colección del fotos correspondiente a dicha ceremonia.

El Viernes Santo, 3 de Abril 2026, Su Beatitud el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, presidió la Liturgia de la Pasión de Cristo el Gran Viernes, en el Calvario en la Basílica del Santo Sepulcro.

El texto en árabe agrega esta parte que no aparece en inglés: “...reflexionando sobre el misterio de la redención y sobre la reliquia de la Santa Cruz presente entre nosotros, que da testimonio del amor inconmensurable de Cristo”.

León Habla Con Herzog

¿Quién llamó a quién?, al parecer fue el segundo al primero, el hecho es que hoy hubo una conversación telefónica entre el Papa León XIV y el presidente de Israel, Isaac Herzog, para intercambiar saludos con motivo de la Pascua.

El primero en dar cuenta de la conversación fue Herzog en su cuenta de X (nuestra traducción).

Esta mañana hablé con @Pontifex el Papa León XIV para intercambiar saludos con motivo de la Pascua judía y la Pascua cristiana.

Durante nuestra llamada, hablamos sobre la guerra con Irán, incluyendo la constante amenaza de ataques con misiles por parte del régimen iraní y sus grupos terroristas afines contra personas de todas las religiones en la región. Recordé los recientes ataques con misiles iraníes contra Jerusalén, que impactaron en lugares sagrados para cristianos, musulmanes y judíos. El pueblo de Irán también merece un futuro mejor, libre de este régimen de terror peligroso y violento.

También hablamos sobre la situación en el Líbano, incluyendo la importancia de la seguridad de las comunidades cristianas a ambos lados de la frontera. Subrayé que no se puede permitir que la organización terrorista Hezbolá siga amenazando tanto al pueblo de Israel como al del Líbano, quienes merecen un futuro de paz y estabilidad.

Expresé al Papa León XIV la gran importancia de la relación del Estado de Israel con la Santa Sede, [con] la Iglesia Católica y [con] los cristianos de todo el mundo. También resalté la importancia de la cooperación de todos los líderes mundiales y religiosos en la crucial lucha contra el antisemitismo.

Expresé mis más cordiales deseos para la Pascua a las comunidades Cristianas de Oriente Medio y del resto del mundo. Compartimos la esperanza de un futuro más pacífico para las personas de todas las religiones, libre de la amenaza de la violencia y el derramamiento de sangre.

Posteriormente, la Oficina de Prensa de la Santa Sede publicó el siguiente comunicado (nuestra traducción).

Comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede: Conversación telefónica entre el Santo Padre y el Presidente del Estado de Israel

En la mañana de hoy, se desarrolló una conversación telefónica entre el Santo Padre León XIV y Su Excelencia el Sr. Isaac Herzog, Presidente del Estado de Israel, con ocasión de las festividades pascuales.

Durante la conversación, se reiteró la necesidad de reabrir todos los canales posibles de diálogo diplomático, para poner fin al grave conflicto en curso, con miras a una paz justa y duradera en todo Oriente Medio.

La conversación continuó centrándose en la importancia de proteger a la población civil y promover el respeto del derecho internacional humanitario.

El Via Crucis Franciscano

La Oficina de Prensa de la Santa Sede, publicó al mediodía de hoy (tiempo de Roma), Abr-03-2026, las meditaciones para el Via Crucis (español) presidido por el Papa León XIV a realizarse en el Coliseo Romano y compuestas por el excustodio de Tierra Santa, el P. Francesco Patton, de la orden de los Frailes Menores. En una entrevista concedida a Vatican News, Abr-02-2026, el P. Patton brindó detalles sobre estas meditaciones.

Padre Patton, el Papa quiso confiarle a usted la redacción de las meditaciones que acompañarán el Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo. Esto es un signo inequívoco de la atención del Santo Padre hacia Tierra Santa y hacia las tragedias que atraviesan los países de Oriente Medio.

León XIV, desde el día de su elección, ha invocado continuamente el don de la paz. Ha expresado cercanía y solidaridad no solo con Tierra Santa, sino con todos los países, poblaciones y personas que sufren a causa de la guerra. Esta, por cierto, ha sido la línea de la Iglesia durante más de 100 años, desde que el 1 de agosto de 1917 Benedicto XV se negó a bendecir a los ejércitos, definió la guerra que se estaba librando como una «matanza inútil» e instó a los responsables de las naciones beligerantes a lograr una paz justa y duradera mediante la negociación, el respeto al derecho internacional, la restitución de los territorios ocupados, el restablecimiento de la libre circulación y el desarme que libere recursos para invertir en el bien común y el desarrollo.

Desde entonces, la Iglesia siempre ha expresado cercanía a las poblaciones afectadas por la guerra y ha reiterado en múltiples ocasiones la condena de los conflictos armados, que continúan siendo una «matanza inútil». Casi todos los domingos después del Ángelus y cada miércoles al término de su catequesis en la audiencia general, el Papa Prevost ha insistido en la necesidad de alcanzar la paz —recalco, no solo en Tierra Santa sino en todos los países (unos 60) actualmente involucrados en guerras sangrientas. Y el pasado domingo usó palabras muy contundentes para rechazar la violencia perpetrada en nombre de Dios, diciendo que Dios no escucha la oración de los belicistas con las manos manchadas de sangre.

Imagino que para usted recibir esta invitación fue una sorpresa...

Una sorpresa muy grande, diría yo. Concretamente, fui contactado por la Secretaría de Estado, que me comunicó que el Santo Padre, coincidiendo con el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, les había dado la indicación de pedirme que preparara las meditaciones. La situación me intimidó y, al mismo tiempo, me honró.

Al escribir estas meditaciones, ¿qué fue lo que más la inspiró?

Me inspiré en los textos de los Evangelios, privilegiando al evangelista Juan, que tiene una mirada profunda sobre el misterio de la Pasión del Señor; y también en los Escritos de san Francisco, que son una auténtica mina de espiritualidad cristiana. En las reflexiones y oraciones es evidente que la inspiración proviene también de la realidad actual y de personas concretas en las que —en estos años— he podido reconocer a los personajes del Vía Crucis. Cuando hablo del sufrimiento de las madres y las mujeres, se perciben de manera sutil mujeres sobre las que incluso L’Osservatore Romano ha escrito, y que hoy encarnan la figura de María, de la Verónica y de las mujeres de Jerusalén. Detrás de la reflexión sobre la concepción distorsionada del poder y el abuso del poder hay hechos de la crónica internacional que están a la vista de todos; el Cireneo tiene el rostro de muchos voluntarios y trabajadores humanitarios (y también de comunicadores) que he podido conocer en estos años y que arriesgaron su vida para cuidar de alguien o para dar a conocer la verdad, sin necesidad de ser cristianos. En las reflexiones, las situaciones concretas que se mencionan no buscan emitir un juicio sobre personas individuales, sino invitar a reflexionar, a hacerse preguntas y —si es necesario— también a cambiar. El mensaje es esencialmente religioso y quiere expresar la cercanía de Jesucristo, como Hijo de Dios encarnado, a cada persona humana. He intentado que el Vía Crucis del Coliseo se inspirara en el Vía Crucis que cada viernes realizamos a lo largo de la Vía Dolorosa, y al mismo tiempo que bebiera de la espiritualidad de san Francisco para ayudar a los creyentes a “caminar sobre las huellas de Jesús” y a los no creyentes a descubrir que a Jesús le importa cada uno de nosotros, y que en Él se puede encontrar esperanza y sentido de vida incluso para quienes ya lo han perdido. Mi deseo es que, al encontrarse con Jesucristo y caminar tras Él hacia el Calvario, cada persona perciba Su cercanía y Su amor; perciba que Jesucristo dio su vida por cada uno de nosotros y quiere llevarnos a todos a “volver al Padre” junto a Él, a encontrar la vida plena gracias a Él y a vivir la condición humana, que es finita y mortal, con el horizonte de la Pascua, de la Resurrección, de la vida eterna y de la participación en la misma vida de Dios.

[...]

Thursday, April 2, 2026

La Grandeza De Dios Es Diversa De Nuestra Idea De Grandeza

Primera Misa in Cœna Domini en condición de Pontífice para León XIV, y no solamente volvimos a ver el lavatorio de pies como en tiempos de Benedicto, sino que además, en su homilía León XIV citó un pasaje del antecesor correspondiente a la misma ocasión en 2008, de allí la frase que escogimos en el titular.

Destacamos ese otro pasaje de la homilía León XIV.

Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.

“Hay Una Tensión Que No Podemos Ignorar”, Homilía Del Patriarca De Jerusalén En La Misa De La Cena Del Señor

Como ya se había avisado, el acceso a la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén se garantizaría a un grupo reducido de personas para celebrar las ceremonias del Triduo Sagrado, las cuales se divulgarían vía streaming. La primera de ellas, la Misa en la Cena del Señor, se ha podido realizar hoy, esta es la homilía pronunciada por el cardenal Pizzaballa.

Homilía de la Misa de la Cena del Señor 2026

Jerusalén, Basílica del Santo Sepulcro

Ex 12,1-8.11-14; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas,

¡Que el Señor os dé la paz!

Nos encontramos en el lugar donde una piedra selló la muerte. Sin embargo, ahora estamos aquí para celebrar la vida. Hay una tensión que no podemos ignorar: afuera, las puertas del Santo Sepulcro están cerradas. La guerra ha convertido este lugar en un refugio, un interior separado de un exterior cargado de tensión. Estamos aquí como en un seno de paz, mientras alrededor el mundo se desgarra, y gustaría poder cambiar todo esto.

Pero aquí y ahora, la Palabra de Dios nos ofrece un gesto que trasciende a todas nuestras consideraciones humanas.

En el Evangelio de Juan, leemos: "Se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó" (Jn 13,4). Ese verbo, "se ciñó", en sus diversas expresiones, resuena a lo largo de las Escrituras. Es el mismo verbo que se repite en el libro del Éxodo, cuando el Señor da las instrucciones para la Pascua: «Y así lo comeréis: con vuestra cintura ceñida, con vuestras sandalias en los pies y vuestro bastón en la mano; lo comeréis de prisa: es la Pascua del Señor» (Ex 12,11). Ceñirse la cintura, en la Biblia, es el gesto de quien se prepara para partir. Es el gesto de quien está a punto de emprender un éxodo, de quien está a punto de abandonar la tierra de la esclavitud para entrar en la libertad. El pueblo de Israel, aquella noche, comió el cordero con la cintura ceñida porque estaba a punto de partir. El cinto era el signo de un paso inminente.

Y ahora Jesús, en la hora de su partida, se ciñe su cintura. Pero no se ciñe para irse. Se ciñe para postrarse. Esto es lo primero que debemos comprender: Jesús transforma el gesto de quien parte, en el gesto de quien sirve. El éxodo, en la lógica de Dios, no es una huida del mundo, sino una inmersión total en él. Ceñirse la cintura ya no es señal de quien huye de la esclavitud, sino de quien se hace esclavo por amor.

Por esto, el lavatorio de los pies no es un gesto moral, un ejemplo edificante, una escena tierna. Es la forma concreta de la Pascua de Jesús. Es el modo en que Dios se manifiesta en la historia. Es el modo en que el amor elige entrar en el mundo.

Y es precisamente aquí donde emerge nuestra resistencia, encarnada por Pedro. Cuando Jesús llega a él, Pedro reacciona con palabras claras: "No me lavarás los pies jamás" (Jn 13,8). No es solo pudor. Es rechazo. Es el escándalo de un amor que se humilla demasiado. Pedro no acepta un Señor que se inclina. Pero la respuesta de Jesús es aún más clara, y es una de las frases más severas del Evangelio: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo» (Jn 13,8).

Jesús no dice: «Si no aceptas, no serás de los míos». Dice algo más profundo: «no tendrás parte conmigo». La palabra "parte" no indica un rol, sino una comunión. Es la palabra de la herencia. Es la palabra de la alianza. Es como si Jesús dijera: Pedro, tú puedes admirarme, puedes seguirme, puedes incluso defenderme… pero si no aceptas este modo de amar, no entrarás en mi camino. No participarás en mi Pascua.

He aquí el punto decisivo de esta liturgia: la Pascua no es algo que Jesús hace por nosotros sin nosotros. Es algo que podemos vivir solo con Él. Y para vivir con Él debemos acoger su modo de amar. No hay comunión sin esa acogida. No hay "parte" sin dejarse servir.

Pedro, como a menudo sucede, quiere dictar las condiciones del amor. Quisiera un amor que salve sin tocar, que perdone sin exponerse, que libere sin humillarse. Pero Jesús le dice: si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Porque el amor verdadero no se queda a distancia. Desciende. Toca. Se expone.

Aquí, todos podemos reconocernos. Con demasiada frecuencia anhelamos un Dios que nos eleve sin sumirnos en la crisis, que nos dé dignidad sin ignorar nuestra fragilidad. Sin embargo, hoy y aquí, se nos pide algo más difícil: dejarnos amar profundamente. Dejar que Cristo se incline justo allí donde nosotros nos avergonzamos. Dejar que entre en nuestra pobreza, en nuestras incoherencias, en nuestros pecados. Solo así podemos "tener parte" con Él.

Y es en este punto donde comprendemos también la Eucaristía. Pablo nos transmite las palabras de Jesús sobre el pan: «Este es mi cuerpo, entregado por vosotros» (1Cor 11,24). «Por vosotros». No para sí mismo, no para la propia afirmación, no para defender algo. «Por vosotros» significa un cuerpo entregado, un cuerpo donado, un cuerpo que no se guarda nada.

Ese cuerpo, en la cena, toma la forma de un cuerpo que se inclina. La Eucaristía no es separable del lavatorio de los pies. No son dos momentos diferentes: son dos expresiones del mismo amor. El cuerpo partido en el altar es el mismo cuerpo que se arrodilla ante los discípulos. Si separamos las dos cosas, perdemos el sentido de ambas.

Por eso no estamos llamados solo a adorar, sino a entrar en una forma de vida. No basta con mirar a Jesús que se inclina: hay que decidir si queremos tener parte con Él. Y tener parte con Él significa aceptar que nuestra vida sea involucrada en su mismo movimiento.

Jesús, después de lavar los pies, dice: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros» (Jn 13,14). No es una adición final. Es una consecuencia inevitable. Quien tiene parte con Él, toma su forma. Quien entra en su Pascua, entra también en su estilo.

Todo esto, decíamos, no nace de un esfuerzo moral. Nace de una experiencia recibida. Solo quien se ha dejado lavar puede aprender a lavar. Solo quien ha aceptado ser amado así puede amar así. Por eso la primera conversión no es hacer algo por los demás, sino dejar de resistir al amor de Cristo.

Queridos hermanos, la pregunta que esta liturgia nos plantea es simple y radical: ¿queremos tener parte con Él? No en abstracto, sino concretamente. ¿Queremos entrar en un amor que se humilla? ¿Queremos una salvación que pasa por el servicio? ¿Queremos un Dios que no domina, sino que se inclina?

Si decimos que sí, entonces también para nosotros comienza un éxodo. No un éxodo que nos aleja de la realidad, sino un éxodo que nos lleva dentro de la realidad con una nueva mirada. Un paso de la defensa al don, del miedo a la confianza, del orgullo a la comunión.

Esta palabra, "ser parte", resuena de manera particular para nosotros, Iglesia de Tierra Santa. No somos una Iglesia fuerte, no somos una Iglesia numerosa, no somos una Iglesia que pueda permitirse elegir tiempos fáciles, y lo vemos continuamente. A menudo somos una Iglesia cansada, puesta a prueba, a veces tentada a defenderse más que a entregarse. Y, sin embargo, hoy el Señor no nos pide ser poderosos, sino tener parte con Él. No nos pide que lo resolvamos todo, sino que no rechacemos su forma de amar. Porque una Iglesia tiene parte con Cristo no cuando está a salvo, sino cuando acepta compartir su humillación.

Tener parte con Él, para nosotros que vivimos y testimoniamos el Evangelio en esta tierra, significa aprender el lenguaje de la humildad. Humillarnos ante los miedos, sobre las incomprensiones, sobre las fatigas cotidianas de quien corre el riesgo de perder la esperanza. Humillarnos sin pretender tener soluciones inmediatas, sino ofreciendo una presencia fiel. Quizás no podamos cambiar las grandes dinámicas de la historia, pero podemos decidir si tener parte con Cristo en su modo de estar dentro de la historia: no por encima, no en contra, sino al lado.

Hoy, mientras celebramos la Eucaristía, pedimos una gracia esencial: dejarnos lavar. Dejarnos servir. Dejarnos amar sin condiciones. Porque solo así podemos realmente tener parte con Él. Y solo así nuestra vida, lentamente, tomará la forma de su Pascua.

Amén.

+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén