En la mañana de hoy, Abr-05-2026, en medio de las restricciones impuestas motivo guerra, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, presidió la Misa de Pascua en el Santo Sepulcro en Jerusalén.
Esta es la homilía para la ocasión pronunciada por el cardenal Pizzaballa.
Homilía de Pascua de Resurrección
Jerusalén, Santo Sepulcro, 5 de abril de 2026
Hch 10,34, 37-43; Col 3,1-4; Jn 20,1-9
Hermanos y hermanas,
Aquí, dentro de este Sepulcro, no estamos ante un símbolo: estamos ante un vacío real. Un vacío que no es ausencia, sino una proclamación. Un vacío que no nos deja en paz, porque nos quita de las manos lo que quisiéramos retener. La Pascua comienza así: no con una explicación, sino con un desgarro. No con una emoción, sino con una pregunta que desorienta.
El Evangelio de hoy nos pone inmediatamente en movimiento. María Magdalena llega "de madrugada", cuando aún está oscuro. Va al lugar donde piensa encontrar a Jesús. Es un gesto lleno de amor, pero también lleno de costumbre: busca donde lo había dejado, donde la muerte lo había puesto. Y encuentra la piedra removida, el sepulcro abierto, y sobre todo no encuentra el cuerpo. Y entonces pronuncia la frase que es, en el fondo, la primera palabra de toda fe verdadera: "No sabemos…" (Jn 20,2). No sabemos dónde lo han puesto. No sabemos.
He aquí la primera provocación pascual, aquí, en el lugar más santo y más frágil de nuestra memoria: Dios no se deja poseer. El Resucitado no está donde nosotros lo habíamos puesto. No está donde nuestras certezas lo habían colocado. El Resucitado nos precede. Esta es la idea central de la Pascua: no somos nosotros quienes custodiamos a Dios; es Dios quien nos libera a nosotros.
Nosotros, en cambio, quisiéramos una fe que no lo trastorne todo. Quisiéramos encontrar a Jesús "en su lugar": dentro de nuestras imágenes, nuestras fórmulas, nuestros esquemas religiosos que a veces se convierten en jaulas, dentro de nuestras nostalgias. Y en cambio, en Pascua, Dios hace algo que no habíamos pedido: se retira. No para huir, sino para salvarnos de un equívoco: que la fe sea algo que poseer, un control, una prueba en el bolsillo.
Por esto María corre. Por esto Pedro y el otro discípulo corren. La fe, cuando es verdadera, nunca es inmóvil. Es una carrera tras una ausencia que se convierte en promesa. Entran en el sepulcro y ven señales: los lienzos, el sudario, todo cuidadosamente dispuesto. No es un detalle secundario. No es escenografía. La muerte ya no es una vestidura que cubre, sino un hábito que ha sido guardado con cuidado, sin necesidad de ser usado. Es como si el Evangelio nos dijera: mirad bien, porque la Resurrección no es magia. Es una nueva libertad. Jesús no fue arrastrado fuera: Él salió. La muerte, para Él, ya no es una prisión: es una vestidura que queda allí, doblada, inútil.
Y aquí, en el Santo Sepulcro, esto también nos habla con fuerza. Hay piedras que cierran la vida. Hay "definitivos" que pronunciamos demasiado deprisa: definitivo es el fracaso, definitiva es la herida, definitiva es la culpa, el miedo, el odio, la soledad. Y, sin embargo, en el relato pascual, la piedra no es solo un objeto: es el símbolo de todo lo que consideramos cerrado, sin salida. Y la Pascua nos dice: no lo es.
La Pascua no nos promete una vida "fácil". La Pascua nos promete una vida abierta. Y para abrirla, a menudo Dios debe primero quitarnos certezas. Por eso la Resurrección, antes de consolar, inquieta. Antes de llenar, vacía. Antes de dar, quita. Quita la idea de un Dios domesticado. Quita una religión que es solo costumbre. Quita una esperanza que no arriesga nada.
Y entonces entendemos las palabras de Pablo a los Colosenses: "Buscad las cosas de arriba" (Col 3,1). No significa huir de la tierra. No significa cerrar los ojos ante el dolor del mundo. Significa, más bien, cambiar de orientación: dejar de vivir con la mirada clavada en las tumbas – incluso en las tumbas interiores– y aprender a vivir como resucitados. "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3): es decir, vuestra vida no está definida por vuestros pecados, ni por vuestros miedos, ni por vuestras derrotas. Está custodiada en otro lugar, con el Resucitado, en Dios. Y precisamente por esto puede volver a abrirse de nuevo, aquí, ahora.
Y también la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece otra clave fundamental: Pedro anuncia que Jesús pasó haciendo el bien, que fue asesinado, y que Dios lo resucitó; y añade que esta noticia es para todos, sin preferencias: "Dios no hace acepción de personas" (Hch 10,34). Ningún pueblo, ninguna lengua, ninguna historia está excluida de esta esperanza. Si la muerte ha sido vencida, entonces ninguna vida está "demasiado perdida" para ser buscada. La Pascua es universal porque nace en un lugar preciso, concreto, real –aquí– y precisamente por esto puede alcanzar concreta y verdaderamente al mundo entero.
No es un pensamiento abstracto. Nos encontramos en el lugar donde se apartó la piedra, pero sabemos bien que a nuestro alrededor aún hay demasiadas piedras que permanecen cerradas. Demasiadas tumbas han sido excavadas de nuevo por el odio, la violencia y la venganza. En esta Tierra Santa, que es madre de la fe y que se ha convertido también en tierra de continuos enfrentamientos, resuena con fuerza dramática la pregunta: "¿Dónde lo habéis puesto?". Porque parece que hemos vuelto a poner al Señor en un sepulcro, cada vez que creemos que la muerte tiene la última palabra sobre la historia, cada vez que nos resignamos a la lógica del enemigo, cada vez que llamamos "paz" a una simple tregua armada y "justicia" solo al cálculo de los daños.
Pero la Pascua nos dice: el Resucitado no está dentro de nuestras estrategias de supervivencia. No es prisionero ni de nuestras razones ni de nuestros miedos. Él ya ha salido, y nos precede. Nos precede en el valor de volver a empezar, en reconocer el rostro del otro, en desarmar el corazón incluso antes que las manos. Y así, mientras a nuestro alrededor aún se alzan voces de muerte, no tenemos otra arma que este sepulcro vacío: para anunciar que nada es definitivo, que la última palabra no pertenece a quien entierra, sino a quien resucita. El Señor ha resucitado: y esto no es un dogma lejano, sino una desobediencia a la resignación. Es la única esperanza que aún puede abrir, aquí y ahora, las puertas de la paz.
Y aquí llega la segunda provocación pascual: el Resucitado no es un objeto de culto; es un sujeto que llama. No nos limitamos a contemplarlo: lo seguimos. No lo retenemos: lo dejamos ir por delante. También María deberá aprenderlo. También los discípulos deberán aprenderlo. Y nosotros hoy, que estamos aquí en el lugar más cargado de memoria cristiana, debemos aprenderlo con particular humildad: incluso los lugares santos pueden convertirse en un museo si no se convierten en un éxodo; la liturgia puede convertirse en repetición si no se convierte en conversión; y la fe puede ser correcta pero estéril si no se vuelve valiente.
Por eso, hoy, en el Sepulcro de Jerusalén, me gustaría recordar una sola frase: El Resucitado no está donde lo habíamos puesto: nos precede.
Nos precede cuando nos llama fuera de nuestros sepulcros: no solo los de la muerte física, sino los de la resignación, del cinismo, de la indiferencia. Nos precede cuando nos invita a dejar de definir a las personas por su error, o la historia limitada a su dolor, o a nosotros mismos por nuestros pecados. Nos precede cuando, en lugar de darnos una respuesta fácil, nos pone en camino.
Y entonces entendemos también el sentido de los signos: la piedra rodada, los lienzos doblados, el sepulcro abierto. Son como un mensaje dejado especialmente para nosotros: la vida ya no puede ser encerrada. No se trata de "mirar al cielo" para escapar de la tierra, sino de mirar la tierra con ojos nuevos, con la mirada de quien ha comprendido que la última palabra no es "fin", sino "inicio".
La Pascua no es una frase para repetir; es una puerta que cruzar. La piedra ha sido quitada. El paso está abierto. Pero nosotros debemos decidir si quedarnos dentro o salir.
Salir significa, concretamente: elegir el perdón cuando sería más fácil endurecerse; elegir la verdad cuando sería más cómodo adaptarse; elegir la esperanza cuando todo sugiere lo contrario; elegir hacer el bien, como Jesús "pasó haciendo el bien", aunque no haga ruido, aunque no dé prestigio.
Porque este es el juicio de la Resurrección sobre nosotros: no nos pregunta si sabemos hablar de la Pascua; nos pregunta si vivimos como resucitados. No nos pregunta si tenemos palabras correctas, sino si tenemos un corazón en movimiento. No nos pregunta si sabemos encontrar a Dios solamente en los lugares sagrados, sino si sabemos reconocerlo vivo en los signos concretos de la vida, allí donde la vida y la muerte se cruzan cada día.
Y entonces, una vez más, aquí, en el Santo Sepulcro, en el punto en que la historia cambió de dirección, nosotros no pronunciamos una frase de rigor. Tomamos una decisión. Proclamamos un anuncio que nos supera y nos precede: ¡El Señor ha resucitado!
Y precisamente porque ha resucitado, nunca lo encontraremos donde lo habíamos puesto. Lo encontraremos delante de nosotros, llamándonos a salir.
¡Felices Pascuas!
Colección de fotos.
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