De un artículo basado en una entrevista con el cardenal Robert Sarah, prefecto emérito de la Congregación (ahora dicasterio) para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, de Matteo Matzuzzi, publicada en Il Foglio, Ago-01-2026 (en la imagen, click para ampliar). Traducción de Secretum Meum Mihi.
Follow @SECRETUMMEUMHablar de unidad cuando se piensa en la cuestión litúrgica parece complicado. Es un tema divisivo, con dos frentes contrapuestos. Por una parte, quienes reivindican el uso del Vetus Ordo como si se tratara de una conquista, por otra, una realidad ideológica que casi considera a estos católicos una “secta” a extinguir. El Papa ha dicho querer comprender bien la situación, de encontrarse y dialogar con todos. Según el cardenal Robert Sarah, “es un drama, un verdadero y propio pecado, que sobre un tema esencial como la liturgia exista una especie de guerra. La liturgia es la fuente de la comunión de la Iglesia, y no es pensable que por temas litúrgicos, o mejor dicho, rituales, exista una tal contraposición y oposiciones tan feroces. Nadie tiene autoridad sobre los ritos, que nacen de la historia plurisecular de la Iglesia. Los ritos no pueden ser arbitrariamente abolidos, y nadie puede decir que un rito no existe más de un día para otro. Creo que debe tomarse en seria consideración el tema, recuperando la posición equilibrada, pastoral y teológicamente fundada de Benedicto XVI, quien permitió que ambas formas del rito latino vivieran, se contagiaran, ser conocidas por el pueblo santo de Dios, que, a lo largo de las décadas, podrá elegir cuál forma corresponde mayormente a la propia necesidad de fe, silencio y espiritualidad. Algunos excesos de quienes se aferran a la forma extraordinaria se justifican, en parte, por los dramáticos y generalizados abusos de la liturgia de la forma ordinaria, que, hasta el día de hoy, a menudo no se celebra como el Concilio habría querido y como sugiere la propia reforma litúrgica. La liturgia no es propiedad del celebrante, sea quien sea, sacerdote, obispo o cardenal. La liturgia es de Dios, se entra en ella, y nadie es su amo”. Quizás, sin embargo, el problema sea aún más profundo. Consideremos la calidad de las homilías, a menudo poco preparadas y raramente capaces de dejar huella en los corazones y las mentes de los fieles. Por no hablar de las celebraciones, con referencias a lo trascendente a menudo reducidas a paréntesis. ¿Qué hacer? “Ya he respondido en parte a esta pregunta. La clave es la formación litúrgica, formación y todavía más formación. Tanto de obispos, sacerdotes como de laicos. La recuperación del sentido de lo sagrado, en una sociedad secularizada que ha expulsado a Dios, solo puede darse a través del anuncio de la verdad, la catequesis convencida y constante, y experiencias concretas de silencio y espiritualidad dentro de la celebración litúrgica. El respeto debido a Dios y la humildad de la misma persona son elementos fundamentales para recuperar el sentido de lo sagrado y la fidelidad a la celebración tal como la Iglesia la desea. De resto, nadie se atrevería a entrar en la Capilla Sixtina y corregir el Juicio Final de Miguel Ángel. El Misal es mucho más importante, mucho más antiguo y mucho más vinculante que el Juicio Final de Miguel Ángel, y por lo tanto, nadie puede corregir, eliminar, añadir ni modificar nada del rito tal como la Iglesia lo presenta a los fieles. Y los fieles tienen el derecho sacrosanto de participar en las Santas Misas celebradas según la voluntad de la Iglesia, y no según el capricho de un sacerdote en particular”.

