A raíz de la reciente declaración de excomunion y cisma por parte de la Santa Sede respecto a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, no sin sorpresa hemos comenzado a ver anuncios tribuneros de que tal o cual obispo del planeta va a ampliar las celebraciones de la Misa según el Vetus Ordo en su jurisdicción (ej: «anuncio del Obispo Fredrik Hansen sobre la “Fraternidad Sacerdotal” y las excomuniones», Oslo, Noruega; «carta pastoral sobre el status actual de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X», Cubao, Filipinas), y a lo mejor los anuncios esten embebidos de buena voluntad, pero solamente con eso no es posible.
Primero, porque un sacerdote que celebra una Misa según esos libros litúrgicos, está claramente vetado y prohibido para binar (Responsa ad dubia sobre algunas disposiciones de la Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Traditionis custodes).
Segundo, porque si existe otro sacerdote diferente que sepa cómo celebrar, tiene que tener el permiso del obispo, y este a su vez no puede conceder el permiso sin antes pedir de forma expresa la autorización al Dicasterio para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, i.e., Roche, Viola, Macías y compañia (Responsa ad dubia sobre algunas disposiciones de la Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Traditionis custodes).
Tercero, si en una diócesis, después de Traditionis custodes, se viene celebrando la Misa segun el Vetus Ordo en un templo parroquial y no hay absolutamente ningún otro lugar adecuado en dónde celebrarla, esa excepción la ha venido concediendo Roche y compañia por un tiempo de tres años, y cuando finaliza esa prórroga casi siempre termina allí, es muy raro que hayan concedido una segunda prórroga, y cuando se ha concedido siempre se dice “concedimus in aliud biennium” (concedemos por otros dos años), porque la disculpa para conceder una segunda prorroga es que el Ordinario envíe una Relatio en la cual detalle qué pasos concretos ha dado para bugninizar a los fieles que asisten a esas Misas, o sea, cómo ha desinsentivado a estos fieles para que ya no asistan más a la Misa Tridentina y se larguen a la Misa Novus Ordo. Como la mayoría de los Ordinarios falla con ese requisito, simplemente no pueden pedir más prórrogas, así que en muchos lugares se ha venido cumpliendo la fecha límite de la segunda prórroga concedida y las celebraciones de la Misa según el Vetus Ordo en un templo parroquial se extinguen y punto. El caso más reciente conocido que se puede citar en esta categoria es el de la parroquia de La Inmaculada Concepcion de Earlington, diocesis de Owensboro, en el estado de Kentucky, Estados Unidos.
Así que, repetimos, no dudamos de la buena voluntad de los obispos que hacen esos anuncios, solamente que están maniatados y bien maniatados, caso que pretendieran ampliar las celebraciones de la Misa según el Vetus Ordo, debido a las asfixiantes medidas tomadas por el “venerado” antecesor, y como hasta el momento ellas no han sido cambiadas, derogadas, abolidas, mitigadas, relajadas, ni cosa parecida por parte del Papa reinante...
A FINIBUS TERRAE LAUDES AUDIVIMUS: “GLORIA IUSTO”. ET DIXI: “SECRETUM MEUM MIHI, SECRETUM MEUM MIHI. VAE MIHI!”. PRAEVARICANTES PRAEVARICATI SUNT ET PRAEVARICATIONE PRAEVARICANTIUM PRAEVARICATI SUNT(IS 24,16)
Wednesday, July 8, 2026
Ahora resultó saliendo hasta de debajo de las piedras todo tipo de expertos canonistas, teólogos, hablando sobre lo ocurrido con la FSSPX/SSPX pero, opinión particular, habría que darle oportunidad, y sobre todo visibilidad, a los que de verdad saben y conocen. Aquí una entrevista aparecida en La Nuova Bussola Quotidiana, Jul-07-2026, con el último secretario que tuvo la extinta Comisión Ecclesia Dei, Mons. Guido Pozzo. De interés para nosotros los dos aspectos aquellos sobre los cuales hay un vacío, eliminar las violentas y draconianas disposiciones surgidas desde 2021 a raíz de Traditionis custodes, las subsiguientes Responsa ad dubia del cardenal Roche, y Desiderio desideravi (este documento no tiene nada que ver con la liturgia anterior a 1970, pero ha sido el instrumento del cual se han servido varios obispos para acorralar a las ovejas y adelantar su perversa agenda, medidas del tipo, prohibir las casullas romanas, prohibir el uso del latín en la Misa Novus Ordo, obligar la recepción de la Comunion de pie, etc); y la falta de una estructura que acoja a los fieles vinculados a la liturgia tradicional, a modo de la antigua Ecclesia Dei, que jamas han ido al cisma, están en comunión con el Papa, aceptan el Vaticano II, pero aún así son objeto de persecuciones por parte de los obispos del planeta. Sobre estos dos últimos aspectos también es preguntado en la entrevista Mons. Pozzo.
Follow @SECRETUMMEUMMonseñor Pozzo recuerda que la Fraternidad rechazó el acuerdo en 2018
La ruptura de Écône es “una grave herida para la Iglesia que se podría haber evitado” hace ocho años, lamenta el exsecretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei en declaraciones a la Brújula Cotidiana: no fue la Sede Apostólica la que puso fin a las relaciones, sino la Fraternidad la que exigió que Roma corrigiera sus errores y rechazase la Declaración “fruto de un trabajo conjunto”.
Stefano Chiappalone
07_07_2026
Quizá la historia habría sido diferente si, hace ocho años, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) no hubiera rechazado la Declaración doctrinal propuesta por Roma —a pesar de ser fruto de un trabajo conjunto— y exigido que fuera la Sede Apostólica la que hiciera autocrítica. A esa labor de acercamiento, interrumpida entonces, le sigue hoy la ruptura consumada el 1 de julio en Écône, vivida con dolor por quienes conocen de cerca esos hechos. En declaraciones a la Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano), monseñor Guido Pozzo, arzobispo titular de Bagnoregio y actual superintendente de economía de la Capilla Musical Pontificia, que fue el último secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, entre 2009 y 2018. El prelado no ignora la “turbulencia” posconciliar que atraviesa la comunidad eclesial, pero reitera que todo ello no puede justificar un acto cismático, ni una supuesta “Iglesia de emergencia” fuera de la autoridad del Papa.
Excelencia, ¿con qué estado de ánimo ha vivido el anuncio de las consagraciones episcopales realizadas sin mandato papal el 1 de julio en Écône?
Con tristeza y gran pesar. Es una grave herida para la Iglesia que se habría podido evitar si la FSSPX hubiera aceptado la Declaración Doctrinal propuesta por la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), a la que habría seguido también el reconocimiento canónico en la forma jurídica que se hubiera establecido. Su Excelencia monseñor Fellay, en la reunión del 28 de febrero de 2018 con el cardenal Ladaria —entonces prefecto de la Congregación— y con un servidor en el Dicasterio, dijo que sometería a la consideración del Capítulo de la FSSPX, previsto para julio de 2018, el texto de la Declaración. En otoño de 2018, el cardenal Ladaria y yo nos reunimos con el nuevo Superior de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, elegido en julio en la reunión del Capítulo, quien comunicó que no firmaría dicha Declaración por considerarla insuficiente e inadecuada para responder a las dificultades y cuestiones críticas planteadas por la FSSPX, y que Roma debería reconocer sus errores. Se tomó nota de dicho rechazo y el Papa Francisco, informado del resultado negativo, decidió suprimir la Comisión Ecclesia Dei, que desde 2009 se había dedicado a las conversaciones doctrinales con el superior de la FSSPX con el fin de alcanzar una reconciliación, y encomendó a la CDF la competencia sobre las futuras relaciones, en su caso, con la FSSPX. Debo confesar que me sentí muy decepcionado por el rechazo de la FSSPX, también porque muchos puntos de la Declaración habían sido fruto de un trabajo conjunto en el diálogo mantenido hasta ese momento.
Hay una dimensión de la que pocos comentaristas hablan, que es la interior: es decir, ¿cuáles son los efectos en las almas del gesto reivindicado en nombre de la salus animarum, pero que, al menos en el plano objetivo, sigue siendo de naturaleza cismática?
La salus animarum no es algo subjetivo que pueda separarse de la obediencia a la autoridad formal y jurídica del Papa. No existe una “Iglesia de emergencia” que pueda sustraerse a la unidad visible de la Iglesia para establecer un orden eclesiástico que no esté en plena comunión con el Sucesor de Pedro. Ningún grupo católico ni ningún católico a título individual puede apelar a la conciencia subjetiva de la verdad para oponerse a la Iglesia institucional y a la potestad jurisdiccional del Romano Pontífice, no solo en lo que atañe a la fe y a las costumbres, sino también en lo que se refiere a la disciplina y al gobierno de la Iglesia. Ésta es la doctrina de la fe católica, de la que nadie puede apartarse sin traicionar la fe y la salvación (cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Pastor aeternus, cap. 3, DH 3060).
Sabemos que la cuestión no es principalmente litúrgica aunque el rito sea el elemento más llamativo. En su opinión, ¿cuáles son los “puntos clave”?
Los nudos principales son la aceptación de la enseñanza del Concilio Vaticano II y del Magisterio posterior. Cuando hablo del Concilio, me refiero al contenido de los documentos, no al “Concilio de los medios de comunicación”, ni al “Concilio virtual” o “paraconcilio”, ni al fantasmagórico “espíritu” del Concilio, que, lamentablemente, pero de hecho, se ha superpuesto al verdadero Concilio en la opinión pública y en numerosos ámbitos eclesiales.
A este respecto, los puntos principales de la Declaración Doctrinal de la CDF propuesta para su aceptación por parte de la FSSPX abordaban precisamente estos puntos clave y, en mi opinión, de manera satisfactoria.
a) Se pedía a la FSSPX que aceptara la verdad católica de que “Cristo Señor ha confiado al Magisterio el depósito de la fe —es decir, la Sagrada Escritura y la ‘tradición’ divina— para que sea custodiado, defendido e interpretado” (Pío XII, Carta encíclica Humani generis, 18, Denz. 3884) y que “el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando únicamente lo que ha sido transmitido” (Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, 10). El Magisterio de la Iglesia, a su vez, tiene la autoridad de explicar o aclarar también los documentos anteriores del Magisterio, incluidos los del Concilio Vaticano II, de conformidad con las verdades de la fe católica y a la luz de la Tradición perenne que progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, no con una novedad contraria, sino con una mejor comprensión del depositum fidei, in eodem scilicet dogmate, eodem sensu eademque sententia (cf. Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, 4, Denz. 3020; Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, 8).
c) Se pedía que se reconociera la validez del rito de la Santa Misa y de los sacramentos celebrados legítimamente según los libros litúrgicos en su editio typica, promulgados por el Papa Pablo VI y por el Papa Juan Pablo II.
Sin embargo, no sería honesto abordar las cuestiones relativas a la FSSPX sin reconocer que, desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad, el catolicismo se encuentra en plena agitación, y es algo que no se debe, desde luego, a la enseñanza del Concilio ni al Magisterio posterior, sino a numerosos factores internos y externos a la comunidad eclesial, lo que se manifiesta en profundas divisiones y errores en la Iglesia (pero no de la Iglesia), sobre la doctrina y la identidad católica, sobre la práctica pastoral, con numerosas desviaciones y ambigüedades que generan confusión e incertidumbre entre los fieles. La crítica y la lucha contra tales errores y desviaciones no deben faltar, pero no se puede justificar el acto cismático de consagrar obispos sin mandato pontificio, ni se puede justificar la presunción de erigirse en jueces al sentenciar que el Magisterio actual o el del Concilio se aparta de la Tradición de fe de la Iglesia. Se pueden exigir aclaraciones o precisiones sobre ciertas formulaciones u orientaciones expresadas por el Magisterio ordinario —no definitivo o de carácter práctico-pastoral—, para evitar interpretaciones unilaterales o reduccionistas del propio Magisterio.
¿Es posible querer “salvar” el sacerdocio católico (como siempre ha declarado la Fraternidad) trasplantándolo fuera de la Iglesia visible?
No lo creo en absoluto. Recordemos la enseñanza de san Roberto Belarmino, que luego fue retomada y definida por el Concilio Vaticano I en la Pastor aeternus. La naturaleza de la Iglesia se describe como una asamblea de creyentes que profesan la misma fe, participan en los sacramentos y se dejan guiar por los obispos legítimos en comunión con el Romano Pontífice. La comunión con el Romano Pontífice es la condición absolutamente necesaria para ser miembro de la Iglesia católica. Esto vale con mayor razón para el sacerdocio católico.
A este respecto, me ha parecido inverosímil que, por parte de la FSSPX, se afirme, por un lado, que se pertenece a la Iglesia por la profesión íntegra de la fe (que, en realidad, es solo uno de los elementos esenciales, pero no el único) y, al mismo tiempo, se afirme (y se juzgue) que las autoridades de la Iglesia manifiestan una actitud contraria a la fe y actúan en contra de la Santa Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia.
Puede suceder (ha sucedido en el pasado y, lamentablemente, sucede hoy) que algunos obispos y sacerdotes, teólogos y laicos caigan en errores y desviaciones en materia de fe y moral, pero no se puede extender la crítica a las autoridades de la Iglesia en general y mucho menos desobedecer a la comunión jerárquica con la Autoridad suprema. Resulta, como mínimo, extraño que la FSSPX pida al Papa un gesto de paternidad y, al mismo tiempo, acuse a la autoridad de la Santa Sede de alejarse de la Tradición y de estar sometida a una Iglesia modernista.
Las consagraciones del 1 de julio repiten las realizadas por monseñor Lefebvre en 1988: ¿nos encontramos ante una ruptura definitiva o aún cabe vislumbrar una posibilidad de futura reconciliación de la Fraternidad con Roma? Nunca digas nunca. Habría que partir de nuevo de los contenidos de la Declaración Doctrinal de la CDF, pero, sobre todo, es necesario modificar la actitud prejuiciosa de la FSSPX, según la cual se considera que Roma está equivocada y la FSSPX tiene, sin duda, la razón.
¿Descartaría usted la creación de una estructura (propuesta por el cardenal Müller) como fue la Ecclesia Dei o, por ejemplo, la creación de ordinariatos siguiendo el modelo de los destinados a los exanglicanos?
No descartaría formas jurídicas de este tipo, siempre y cuando se resuelvan los problemas doctrinales y se pueda constituir un grupo lo suficientemente numeroso de sacerdotes que, como ya ha ocurrido con la Fraternidad Sacerdotal San Pedro o con el Instituto del Buen Pastor, tengan la intención de volver a la plena comunión con el Romano Pontífice.
Naturalmente, en torno a la FSSPX hay mucho revuelo mediático, pero hay “realidades tradicionales” que ya viven sub Petro: ¿no se las ignora y tal vez se las margina un poco, dentro del propio mundo católico como si fueran reservas en lugar de un don que ofrecer a toda la Iglesia?
Los institutos a los que se refiere son realidades vivas y en continuo crecimiento. Tal y como enseñó y declaró el papa Benedicto XVI, las dos formas litúrgicas —la del Novus Ordo, que es la forma común, habitual y universal de la liturgia, y la del Vetus Ordo, para grupos particulares y especiales— se enriquecen mutuamente y no están en oposición entre sí. Los institutos y los fieles que siguen las disciplinas litúrgicas y espirituales tradicionales no solo no deben ser marginados ni aislados, sino que deben contribuir, en comunión con las demás realidades eclesiales, a la evangelización y al apostolado cristiano. Lo que me parece urgente es fortalecer aquellas comunidades eclesiales y sacerdotales que viven la fidelidad a la Tradición, a la integridad de la fe católica y a la sagrada liturgia, en plena comunión con el orden episcopal sub Petro et cum Petro.
Este es un artículo de Matteo Matzuzzi en Il Foglio, Jul-08-2026. Traducción de Secretum Meum Mihi (con adaptaciones).
Follow @SECRETUMMEUMLos tradicionalistas no cismáticos piden una señal al Papa.
Los grupos fieles a Roma que celebran la Misa “antigua” no quieren ser confundidos con los lefebvrianos.
Matteo Matzuzzi
Roma. Después del palo, la zanahoria. No para los cismáticos que se autoproclaman depositarios de la palabra y la tradición, sino para un mundo de católicos fieles que, si bien están ligados a la Tradición, están en comunión con el Papa. Son ellos quienes ahora esperan una mirada paternal de parte de la Santa Sede, un “discreto gesto de misericordia”, para citar a Benedicto XVI, que los libere de las estrictas restricciones impuestas por el motu proprio Traditionis Custodes, con el que Francisco abolió de hecho el Summorum Pontificum ratzingeriano, del cual ayer se cumplieron diecinueve años de su promulgación. La cuestión es compleja. En 1988, Juan Pablo II decretó la excomunión (que era automática) para Lefebvre y los obispos por él consagrados, pero inmediatamente creó la comisión Ecclesia Dei, que tenía la tarea de acoger a quienes no deseaban romper con el Papa. De ahí, unos veinte días después, nació la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, y mucho más tarde, en 2006, el Instituto del Buen Pastor. En 1990 se fundó el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, con una profunda vocación misionera. En su carta del 29 de junio al Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, el Papa escribió que reconocía “la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades afines a esa Fraternidad”. Algunos obispos, como el obispo de Oslo —quien ha manifestado su disposición a aumentar el número de celebraciones del Antiguo Rito si esto redunda para el “bien de las almas”—, ya han expresado su apertura sobre este frente. Traditionis custodes fue motivado principalmente del rechazo al Concilio Vaticano II que se percibía en muchas comunidades vinculadas a la Misa preconciliar y del uso de la concesión de Benedicto XVI para “aumentar las distancias, endurecer las diferencias y construir oposiciones que hieren a la Iglesia y dificultan su progreso, exponiéndola al riesgo de la división”, escribió el Papa Francisco en la carta que acompaña su motu proprio. El Pontífice señaló “un uso instrumental del Missale Romanum de 1962, que se caracteriza cada vez más por un rechazo creciente no sólo de la reforma litúrgica, sino del Concilio Vaticano II”. Si bien esto es cierto en varios casos, no puede considerarse una regla general.
¿Acaso todos los que participan en las Misas según el Misal de Juan XXIII se oponen realmente al concilio? Dada la innegable afluencia de jóvenes y familias jóvenes a las misas “tradicionalistas” —un fenómeno claramente visible en Francia, por ejemplo— ¿es concebible que la participación en ese rito sea simplemente una cuestión ideológica, y que los treintañeros y cuarentones que asisten sean miembros ad honorem del Coetus internationalis patrum de hiperconservadora memoria? No se trata de una cuestión de exterminación: León XIV, la única vez que se pronunció sobre el tema, hace un año en una entrevista, dijo que quería comprender mejor la situación, consultando a todos antes de decidir qué hacer. El objetivo es poner fin a una polarización ideológica que ha aplastado la comunión eclesial. Una solución podría venir de la propia Francia: el pasado marzo, el Papa envió una carta al episcopado local reunido en Lourdes, instándolos a buscar “soluciones concretas que permitan la inclusión generosa de quienes están sinceramente adheridos al vetus Ordo, respetando las orientaciones deseadas por el Concilio Vaticano II en materia litúrgica”. El cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, afirmó en los últimos meses que “la preocupación pastoral consiste en acoger lo que el Espíritu dice a estos jóvenes, a estas personas, y al mismo tiempo explicar el significado de la tradición, que se remonta a los concilios más recientes”. Esto apunta a un camino hacia la reconciliación que, si bien se mantiene inflexible en el tema del Concilio Vaticano II, podría conducir a la eliminación de ciertas obstinaciones grotescas adjudicables a Traditionis custodes: sobre todo, la prohibición de celebrar la Misa vetus ordo en una iglesia parroquial cuando es posible celebrarla en un campo deportivo. Los fieles al Papa y a la llamada forma “antigua” del rito piden que el deseo de “unidad” de León XIII se extienda también a ellos.


