Este es un artículo de Matteo Matzuzzi en Il Foglio, Jul-08-2026. Traducción de Secretum Meum Mihi (con adaptaciones).
Follow @SECRETUMMEUMLos tradicionalistas no cismáticos piden una señal al Papa.
Los grupos fieles a Roma que celebran la Misa “antigua” no quieren ser confundidos con los lefebvrianos.
Matteo Matzuzzi
Roma. Después del palo, la zanahoria. No para los cismáticos que se autoproclaman depositarios de la palabra y la tradición, sino para un mundo de católicos fieles que, si bien están ligados a la Tradición, están en comunión con el Papa. Son ellos quienes ahora esperan una mirada paternal de parte de la Santa Sede, un “discreto gesto de misericordia”, para citar a Benedicto XVI, que los libere de las estrictas restricciones impuestas por el motu proprio Traditionis Custodes, con el que Francisco abolió de hecho el Summorum Pontificum ratzingeriano, del cual ayer se cumplieron diecinueve años de su promulgación. La cuestión es compleja. En 1988, Juan Pablo II decretó la excomunión (que era automática) para Lefebvre y los obispos por él consagrados, pero inmediatamente creó la comisión Ecclesia Dei, que tenía la tarea de acoger a quienes no deseaban romper con el Papa. De ahí, unos veinte días después, nació la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, y mucho más tarde, en 2006, el Instituto del Buen Pastor. En 1990 se fundó el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, con una profunda vocación misionera. En su carta del 29 de junio al Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, el Papa escribió que reconocía “la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades afines a esa Fraternidad”. Algunos obispos, como el obispo de Oslo —quien ha manifestado su disposición a aumentar el número de celebraciones del Antiguo Rito si esto redunda para el “bien de las almas”—, ya han expresado su apertura sobre este frente. Traditionis custodes fue motivado principalmente del rechazo al Concilio Vaticano II que se percibía en muchas comunidades vinculadas a la Misa preconciliar y del uso de la concesión de Benedicto XVI para “aumentar las distancias, endurecer las diferencias y construir oposiciones que hieren a la Iglesia y dificultan su progreso, exponiéndola al riesgo de la división”, escribió el Papa Francisco en la carta que acompaña su motu proprio. El Pontífice señaló “un uso instrumental del Missale Romanum de 1962, que se caracteriza cada vez más por un rechazo creciente no sólo de la reforma litúrgica, sino del Concilio Vaticano II”. Si bien esto es cierto en varios casos, no puede considerarse una regla general.
¿Acaso todos los que participan en las Misas según el Misal de Juan XXIII se oponen realmente al concilio? Dada la innegable afluencia de jóvenes y familias jóvenes a las misas “tradicionalistas” —un fenómeno claramente visible en Francia, por ejemplo— ¿es concebible que la participación en ese rito sea simplemente una cuestión ideológica, y que los treintañeros y cuarentones que asisten sean miembros ad honorem del Coetus internationalis patrum de hiperconservadora memoria? No se trata de una cuestión de exterminación: León XIV, la única vez que se pronunció sobre el tema, hace un año en una entrevista, dijo que quería comprender mejor la situación, consultando a todos antes de decidir qué hacer. El objetivo es poner fin a una polarización ideológica que ha aplastado la comunión eclesial. Una solución podría venir de la propia Francia: el pasado marzo, el Papa envió una carta al episcopado local reunido en Lourdes, instándolos a buscar “soluciones concretas que permitan la inclusión generosa de quienes están sinceramente adheridos al vetus Ordo, respetando las orientaciones deseadas por el Concilio Vaticano II en materia litúrgica”. El cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, afirmó en los últimos meses que “la preocupación pastoral consiste en acoger lo que el Espíritu dice a estos jóvenes, a estas personas, y al mismo tiempo explicar el significado de la tradición, que se remonta a los concilios más recientes”. Esto apunta a un camino hacia la reconciliación que, si bien se mantiene inflexible en el tema del Concilio Vaticano II, podría conducir a la eliminación de ciertas obstinaciones grotescas adjudicables a Traditionis custodes: sobre todo, la prohibición de celebrar la Misa vetus ordo en una iglesia parroquial cuando es posible celebrarla en un campo deportivo. Los fieles al Papa y a la llamada forma “antigua” del rito piden que el deseo de “unidad” de León XIII se extienda también a ellos.
