«¡Yo soy la Inmaculada Concepción!». Es precisamente así, como María se presentó en este mismo lugar, con gran humildad, pero agradecida a Dios por el privilegio absolutamente único del que Ella gozó y que representa para nosotros la aurora de la salvación. Por los méritos de su Pasión y su Resurrección, Jesús quiso preservar a su Madre de toda mancha del pecado original; hizo de Ella una nueva Eva sobre la que el demonio jamás tendrá poder alguno, y a partir de la cual, todo vuelve a empezar, todo vuelve a ser posible, tanto para el mundo como para cada uno de nosotros.
Por eso, su apoyo y su intercesión no son secundarios para el cristiano que desea acoger la gracia de la Redención obtenida por la sangre de Jesús y luchar contra el mal.
León XIV
Discurso durante el Rezo del Santo Rosario y Procesión aux Flambeaux
en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, Francia
Sep-27-2026
