Monday, April 27, 2026

Pizzaballa: En Tiempos De Conflicto, Sanar Las Heridas Con El Valor Del Perdón

Como nosotros somos malpensados, diremos que el cardenal Pizzaballa se está despidiendo de Tierra Santa, lo decimos por aquello de que desde hace ya casi un año el rumor es que será enviado a Milán, a Delpini, actual arzobispo, le quedan poco menos de tres meses para cumplir los 75 años y si es que le van a aceptar la renuncia de inmediato, es de pensar que el tiempo es corto, de allí la necesidad de irse despidiendo. La que nosotros consideramos despedida, es una carta pastoral de 35 páginas, «Volvieron a Jerusalén con gran alegría», firmada por Pizzaballa, publicada hoy, además será puesta a la venta por la Librería Editorial Vaticana a partir de May-11-2026, según anunció la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

En la siguiente información de Vatican News, Abr-27-2026, se dice que la carta aparecerá a la venta May-08-2026, como acabamos de decir será en realidad tres días después.

Pizzaballa: en tiempos de conflicto, sanar las heridas con el valor del perdón

En una carta pastoral dirigida a la diócesis —que se publicará en un volumen a partir del 8 de mayo—, el patriarca latino de Jerusalén reflexiona sobre el contexto bélico y el papel de la Iglesia en Tierra Santa: «En medio de la desolación, las comunidades cristianas siguen siendo un signo tangible de esperanza y de valientes experiencias de vitalidad y fraternidad, gracias también a la constante cercanía espiritual y activa de la Iglesia universal»

Beatrice Guarrera - Ciudad del Vaticano

¿Cómo vivir como cristianos en la situación de conflicto que atraviesa Tierra Santa? Es la pregunta a la que intenta responder la carta dirigida a la diócesis firmada por el patriarca de Jerusalén de los latinos, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, que se ha difundido hoy, lunes 27 de abril, con el título «Regresaron a Jerusalén con gran alegría. Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa».

TEXTO COMPLETO DE LA CARTA PASTORAL DEL PATRIARCA LATINO DE JERUSALÉN

En las librerías a partir del 8 de mayo

«La vocación de Jerusalén —observa el cardenal en el texto— es sanar al mundo de sus heridas. Sanar las laceraciones con mansedumbre y con el valor del perdón: esta es la misión sublime de Jerusalén, donde los cristianos son sal, luz y levadura dentro de las sociedades a las que pertenecen de pleno derecho». Las palabras de Pizzaballa figuran en el extenso documento que constituye «una propuesta inicial de reflexión», que debe madurar «a través del diálogo», «siempre que nos mueva el sincero deseo de tratar de comprender la voluntad de Dios sobre cada uno de nosotros». El texto llegará también a las librerías a partir del lunes 8 de mayo en un volumen, editado por Libreria Editrice Vaticana, en italiano, y se está estudiando la posibilidad de publicaciones en otros idiomas.

Una visión para la comunidad

La Carta se estructura en tres partes: en la primera se parte de «la evaluación del actual estado de desorden», para «anclarse firmemente en la realidad tal y como es, reconociendo, sin embargo, en ella la presencia operante de Dios»; en la segunda, el patriarca comparte «una visión para la comunidad, inspirada y anclada en la Escritura, con una conexión precisa con Jerusalén»; en la tercera se analizan las implicaciones pastorales de tales reflexiones, para aplicarlas a parroquias, familias, escuelas e instituciones.

Pizzaballa subraya que la carta no contiene consideraciones ni análisis de carácter puramente político: «es “política” solo en un sentido más amplio, en la medida en que se refiere a nuestra permanencia, como cristianos, en la polis, es decir, en nuestro mundo real y en nuestra ciudad de Jerusalén, aunque siempre orientados hacia la verdadera y definitiva Polis, la Jerusalén celestial».

El icono bíblico en torno al cual gira la reflexión del patriarca es, de hecho, la ciudad de Jerusalén, que «indica la convivencia, la relación, tanto civil como religiosa». «Nosotros —afirma Pizzaballa— somos la Iglesia de Jerusalén, y la Ciudad Santa es el corazón no solo geográfico, sino también espiritual de nuestra comunidad eclesial». Una Iglesia de rostro multiforme, «por su esencia, plural, dado que Jerusalén es madre de todos los pueblos», pero que «desde hace muchos siglos está inmersa prevalentemente en un contexto árabe». De este marco concreto parte la mirada hacia el presente, una mirada que «aspira a abarcar e incluir a todos sus habitantes».

Acontecimientos decisivos

No se puede, pues, dejar de partir del 7 de octubre y de la guerra en Gaza, «acontecimientos decisivos que, de la peor manera posible, han cerrado una época y han abierto otra». «Lo que estamos viviendo —observa el patriarca— no representa solo un conflicto local, sino que es el síntoma de un cambio de paradigma a nivel global». Durante décadas, la comunidad internacional ha creído en un orden internacional basado en normas, tratados y multilateralismo, mientras que hoy todos «parecen haber abierto los ojos ante su debilidad». «Asistimos al retorno de la fuerza como instrumento decisivo para resolver cualquier disputa —añade el cardenal—. La guerra se ha convertido en objeto de un culto idólatra». Los civiles ya no se consideran víctimas colaterales, sino que se convierten en daños atribuibles a la falta de rendición del enemigo o en instrumentos funcionales para alcanzar el propio objetivo, mientras que algunas potencias mundiales eligen de qué lado estar no en función de la justicia, sino en función de sus propios intereses estratégicos y económicos.

Las consecuencias del caos

«Es una guerra que también se libra con palabras e imágenes —señala el patriarca—. Cada vez es más difícil distinguir la crónica de la propaganda, mientras nos preguntamos cuántas personas han muerto en estas últimas guerras por “decisión de un algoritmo”». La vida de la diócesis ha sufrido «las consecuencias de este caos», como la disolución de las relaciones envenenadas por el odio y la desconfianza, la fragmentación en enclaves y burbujas identitarias, amplificadas por los algoritmos de las redes sociales, la pérdida de sentido y el desgaste de palabras como «convivencia», «diálogo», «justicia» y «bien común».

Entre los efectos negativos se encuentra también la crisis del diálogo interreligioso, «azotado por memorias contrapuestas y instrumentalizaciones identitarias». «Los Lugares Santos, que deberían ser espacios de oración —afirma Pizzaballa—, se convierten en campos de batalla identitarios y los textos sagrados se utilizan para justificar la violencia, la ocupación y el terrorismo. Este abuso del nombre de Dios es el pecado más grave de nuestro tiempo».

Las respuestas de la Iglesia

En este escenario, la Iglesia local está llamada a dar respuestas diversas en realidades heterogéneas, empezando por Gaza, donde los cristianos «se encuentran inmersos en una situación de extrema tribulación, pero la parroquia de la Sagrada Familia y Cáritas siguen siendo el Rostro de Cristo en medio del horror».

En Palestina se está decidiendo de manera silenciosa y estructural el futuro del conflicto israelo-palestino. «Si no se detiene la espiral de agresiones provocadas por la ocupación y la ausencia del Estado de derecho, se corre el riesgo de que se cristalice una situación de ocupación permanente que erosione toda posibilidad de una solución justa y compartida», advierte el patriarca.

En Israel «aumentan la discriminación social, las desigualdades económicas y la creciente inseguridad, debida a la delincuencia que refuerza la tentación de emigrar. La comunidad católica de expresión hebrea —continúa el cardenal— en una contienda tan polarizante no siempre se ha sentido escuchada». En medio de esta desolación, las comunidades cristianas «siguen siendo un signo tangible de esperanza y de valientes experiencias de vitalidad y fraternidad, gracias también a la constante cercanía espiritual y activa de la Iglesia universal —desde el Papa Francisco y el Papa León XIV hasta las diócesis más pequeñas y pobres».

La imagen de la Ciudad Santa

La Iglesia de Jerusalén «ha hecho oír su voz tratando de pronunciar una palabra de verdad incluso en medio de este desorden, a menudo a costa de incomprensiones, pero —se pregunta Pizzaballa— ¿ha sido suficiente? ¿O es que, en este período tan duro, hemos privilegiado a veces la prudencia y buscado la supervivencia institucional, sacrificando nuestro testimonio profético? Es una pregunta que me acompaña cada día, a la que nunca es fácil responder». Cabe preguntarse además cuál es la voluntad de Dios sobre Jerusalén y, para responder, «hay que escrutar la imagen de la Ciudad Santa que Él mismo nos ofrece» en las Escrituras. Jerusalén no es solo una cuestión de fronteras políticas o acuerdos técnicos; su identidad principal es ser el lugar de la Revelación de Dios, casa de oración para todos los pueblos. «Ignorar esta dimensión vertical, la primacía de Dios, expresada en la sensibilidad de las diversas comunidades de fe, ha llevado y llevará al fracaso de cualquier acuerdo de convivencia», advierte el patriarca.

Una advertencia para las instituciones religiosas

Esta es una advertencia crucial para las instituciones religiosas de Jerusalén: «Sin dejarse iluminar constantemente por la relación con Dios, se atrofian, convirtiéndose en fortalezas inexpugnables cerradas al mundo».

Pizzaballa afirma además que «la obsesión por la ocupación de los espacios y por la propiedad se ha convertido en uno de los criterios principales de relación entre las comunidades religiosas de Jerusalén, generando división y violencia», pero, en cambio, «se necesita el valor de construir nuevos modelos de relación donde la fe común en Dios se convierta en ocasión de encuentro y no de exclusión».

Se necesita, en definitiva, «una nueva forma de ver a la luz del Cordero pascual», que se materialice en «un estilo de vida de la ciudad con las puertas abiertas y una memoria purificada». Es necesario, de hecho, «purificar la memoria, replanteándose las categorías de la historia y, por tanto, de la culpa, la justicia y el perdón para generar un futuro diferente». Hay que trabajar, pues, para que Jerusalén sea accesible a todos, porque «no pertenece a nadie de forma exclusiva, sino que es patrimonio de la humanidad».

Implicaciones pastorales

A nivel pastoral, hay que tener presente ante todo la primacía de la liturgia y de la oración. También es fundamental el papel de las familias como laboratorios de educación para la convivencia y el respeto, donde el pasado puede ser narrado a los hijos con dolor y verdad, pero sin transmitir sentimientos de odio y venganza. Las escuelas cristianas, además, deben entenderse como «talleres de una nueva humanidad, en los que se transmite la conciencia cristiana y se educa para releer la historia con ojos libres de rencor».

Hay que apoyar a los hospitales y las obras sociales, lugares en los que la acogida, el diálogo y la sanación son ya realidades vividas. También corresponde un papel importante a los ancianos, que son la memoria viva, a los jóvenes —la profecía— y a los sacerdotes y religiosos, punto de referencia fiel para la comunidad y modelos de convivencia posible. «Llevar la cruz de las divisiones entre las Iglesias forma parte de nuestra misión —añade Pizzaballa en referencia a las relaciones con los demás cristianos— y por eso es importante favorecer ocasiones concretas de conocimiento mutuo y hablar con una sola voz, porque el primer testimonio es la unidad entre las comunidades».

Como los discípulos tras la Ascensión

También el diálogo interreligioso sigue siendo «una necesidad vital». Por último, es fundamental que nunca se tolere «ninguna complicidad con la cultura de la violencia», mientras que hay que dar espacio a la confianza. «¿Cómo es posible hacer todo esto?». La respuesta del patriarca es sencilla: «Por nosotros mismos no podemos. Pero no estamos solos. Jesús nos espera en nuestras parroquias, en nuestras comunidades de fe, en nuestros grupos y movimientos eclesiales. Al final, lo que nos sostiene no es nuestra fuerza, sino la alegría del Evangelio». «Nosotros también deseamos volver a nuestra Jerusalén cotidiana, como los discípulos tras la Ascensión. Volvamos a nuestra vida con pasión. Llevemos en el corazón el sueño de Dios para su ciudad —concluye Pizzaballa— y dejemos que ese sueño se convierta, paso a paso, día tras día, en nuestra propia vida».