Sunday, March 29, 2026

Cardenal Pizzaballa: “Estamos Aquí Sin La Procesión, Sin Las Palmas Ondeando Por Las Calles. No Es Una Ausencia Formal: Es La Guerra La Que Ha Suspendido Nuestro Camino Festivo”

Horas después del grotesco incidente de esta mañana por el cual la policia de Israel impidió el ingreso a la Iglesia del Santo Sepulcro del Patriarca Latino de Jerusalén y del Custodio de Tierra Santa, quienes tenían intención de celebrar privadamente la Misa del Domingo de Ramos, el cardenal Pizzaballa presidió la ceremonia de bendición para la Ciudad Santa desde el Monte de los Olivos con una reliquia de la Santa Cruz.

Este es el texto de su meditación para la ocasión.

Meditación para el Domingo de Ramos en Getsemaní

Jerusalén, 29 de marzo de 2026

Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo,

¡Que el Señor os dé la paz!

Estamos en Getsemaní, el lugar donde Jesús, al llegar a la culminación de su camino hacia Jerusalén, se detuvo y lloró. Sus ojos no buscaban las majestuosas murallas ni el resplandeciente templo: miraban el corazón de la ciudad que amaba, y veía la dificultad de la Ciudad Santa para reconocer el tiempo de la gracia.

Hoy, en esta tarde de Domingo de Ramos, estamos aquí sin la procesión, sin las palmas ondeando por las calles. No es una ausencia formal: es la guerra la que ha suspendido nuestro camino festivo, haciendo difícil incluso la simple alegría de seguir a nuestro Rey. Nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa, hoy no pueden llenar las calles ni unir su voz a la procesión festiva. Pero su ausencia no está vacía ante el Señor. Él no busca caminos triunfales, sino que entra allí donde la puerta está entreabierta, donde la fidelidad es pan de cada día. El Crucificado Resucitado no deja de pasar entre nosotros. Incluso cuando el camino está bloqueado, Él habita el corazón de quien no ha dejado de seguirlo. Pero precisamente en este silencio forzado, esta liturgia se hace más verdadera. Porque el grito «Hosanna» no necesita ramas para subir al cielo, y la fe no se doblega cuando le faltan los ritos exteriores.

Hoy, Jesús vuelve a llorar por Jerusalén. Llora por esta ciudad, que sigue siendo signo de esperanza y de dolor, de gracia y de sufrimiento. Llora por esta Tierra Santa que aún no sabe reconocer el don de la paz. Llora por todas las víctimas de una guerra que no muestra señales de terminar, por las familias divididas, por las esperanzas rotas. Pero el llanto de Jesús nunca es estéril: es un llanto que abre los ojos, que interpela, que revela.

El Evangelio de la Pasión que acabamos de escuchar nos explica el relato de cómo Jerusalén respondió a ese amor. Hemos oído la traición de Judas, la negación de Pedro, el silencio de Pilato, el grito de la multitud que pide la cruz. Hemos visto al Señor despojado de

sus vestiduras, coronado de espinas, clavado entre dos ladrones, escarnecido por cuantos pasaban. Parece que la oscuridad ha vencido. Y, sin embargo, en esas páginas, hay un hilo luminoso que no se rompe: Jesús permanece fiel hasta el final, entregando su espíritu en manos del Padre; la tierra tiembla, las rocas se parten, y allí, en ese momento dramático, el centurión confiesa: "¡Verdaderamente este era Hijo de Dios!" (Mt 27,54).

Este último detalle, aún nos interpela hoy. El centurión es un soldado que pertenece al mundo de la fuerza, de un poder que se impone. Por oficio, mide el éxito por la capacidad de doblegar a los demás, de vencer, de dominar. Y, sin embargo, ante este hombre clavado en la cruz, ante un amor que no se defiende, ante una fidelidad que no se doblega ni siquiera ante la muerte, el centurión cambia. Su criterio de juicio se rompe. Descubre que el verdadero poder no reside en su fuerza o en la espada que mata, sino en la vida que se entrega. Y pronuncia la confesión más elevada: él es el Hijo de Dios. En el momento en que el poder de la muerte parece prevalecer, la verdad se revela, el amor se manifiesta y la salvación se cumple.

Hoy, mientras la guerra parece ahogar toda palabra de paz, justo aquí, donde Jesús lloró, podemos escuchar esa misma confesión. La última palabra de Dios para nosotros es el sepulcro vacío, es el Señor que precede a los discípulos en Galilea, y con ellos, también nos precede a nosotros hacia una paz que no es ilusión, sino el fruto de la cruz.

«¡Si hubieras comprendido (Jerusalén), al menos en este día, el camino que conduce a la paz!» (Lc 19,42) – nos dice Jesús. La paz que Él ofrece no es un pacto frágil entre enemigos, sino una paz que pasa por la cruz, de un Dios que se entrega por completo y que no necesita la fuerza o el poder de las armas. Esta es la paradoja que hoy estamos llamados a acoger.

Jerusalén, la Tierra Santa, no es solo un lugar geográfico: es el corazón palpitante de nuestra fe. Cada piedra aquí habla de salvación, cada colina guarda la memoria del Dios que se hizo cercano. Vivir la fe aquí significa aceptar esta contradicción: el lugar de la resurrección es también el lugar del Calvario; el lugar del abrazo de Dios todavía está marcado por tanto odio.

Pero desde este lugar santo aprendemos a mirar la ciudad con los ojos de Cristo. Aprendemos a llorar con Él, pero también a esperar con Él. Porque la misma Jerusalén que rechazó al Príncipe de la paz vio el sepulcro vacío. La guerra no borrará la resurrección. El dolor no apagará la esperanza.

Hoy no llevamos palmas en procesión. Llevamos en cambio la cruz, pero una cruz que no es una carga inútil, sino la fuente de la verdadera paz. No ondeamos ramas de olivo, sino que elegimos convertirnos nosotros mismos en constructores de reconciliación, en cada gesto, en cada palabra, en cada relación.

Queridos hermanos, en esta tierra que sigue esperando la paz, estamos llamados a ser testigos de un amor que no se rinde. Que nuestro camino de fe, incluso hoy, sea un camino de esperanza. Y que nuestras vidas, aun en la dureza del presente, sepa llevar el amor de Cristo y su luz allí donde todo parece oscuridad.

Amén.