Ya son varios días, la noticia ha abandonado el ámbito local y ahora se volvió nacional y hasta internacional, una estatua de Padre Pío parece tener una lagrima.
Esta es una información de Il Mattino, May-20-2026.
La estatua de San Pío permanece bajo llave en las habitaciones de la Archidiócesis de Capua, mientras el barrio de Casalba intenta volver a la normalidad. Don Girolamo Capuano, el párroco que primero habló de una posible «señal del cielo», sigue insistiendo en la necesidad de evitar fanatismos, pero sostiene que esas lágrimas «no son obra del hombre».
Es prematuro hacer previsiones sobre el trabajo de la comisión diocesana, pero ya parece haberse consolidado una convicción entre los fieles: sea cual sea el veredicto, la devoción hacia Padre Pío no sufrirá fisuras.
Mientras tanto, el eco mediático de la supuesta lacrimación ha llegado hasta Pietrelcina, en la provincia de Benevento, el pueblo natal del santo capuchino.
Allí también, entre los lugares donde Francesco Forgione dio sus primeros pasos antes de convertirse en San Pío, la noticia se recibe con una mezcla de prudencia, experiencia y reflexión. Nadie se deja llevar por la emotividad. El culto hacia Padre Pío está tan arraigado que ha atravesado décadas de relatos, supuestos prodigios, avisos y testimonios. Por eso prevalece una actitud mesurada.
«No era necesaria la lágrima de Padre Pío para hacernos entender que deberíamos cambiar de rumbo, sobre todo en un tiempo marcado por guerras, divisiones sociales y pérdida de valores», observa Vincenzo Mastronardi, presidente de la Pro Loco. «La fe ya debería llevarnos a reflexionar sobre nuestro comportamiento. Ahora la Iglesia debe trabajar con serenidad, sin alimentar clamores. Confío en las valoraciones eclesiásticas».
También Stefano Campanella, vaticanista, director de Padre Pío TV y uno de los más prolíficos biógrafos del santo, invita a la cautela, recordando cuánto la Iglesia siempre ha afrontado episodios de este tipo con rigor. «En los últimos años, el fenómeno de los avisos se ha reducido notablemente, pero hubo períodos en los que llegaban cientos de casos al año», explica. «No tengo constancia de episodios relacionados con San Pío, lacrimaciones o sangrados, que luego hayan sido merecedores de especial devoción pública».
Campanella recuerda las nuevas normas introducidas por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en 2024, que han modificado el enfoque eclesiástico hacia los supuestos fenómenos sobrenaturales. «Hoy el procedimiento –revela– ya no apunta a declarar un milagro, sino a verificar la seguridad doctrinal del evento y sus frutos pastorales. Por eso se necesitan gran prudencia y análisis rigurosos». No solo análisis científicos, por tanto, sino también valoraciones teológicas. «La Iglesia debe excluir toda posible explicación: un fenómeno aparentemente inexplicable no se considera automáticamente una señal divina». La referencia inevitable es precisamente al caso de los estigmas de Padre Pío, sometidos durante años a controles rigurosísimos. «Las investigaciones sobre los estigmas del santo fueron durísimas, al límite de la obstinación», recuerda Campanella. «Padre Cristoforo Bove, postulador de la causa de canonización de Padre Pío, tuvo que demostrar no solo que esas señales no podían explicarse científicamente, sino también excluir su origen diabólico». Un precedente que muestra cuán prudente es el Vaticano ante eventos de este tipo.
Follow @SECRETUMMEUMEn Pietrelcina, sin embargo, más allá del aspecto investigativo, sigue siendo central el vínculo espiritual con la figura del santo. Padre Pío continúa hablando a los fieles sobre todo a través de la sencillez de su mensaje religioso. «La suya era una fe concreta, vivida en la cotidianidad», subraya Fortunato Grottola, padre guardián del convento. «Supo hacer actual el mensaje de la salvación cristiana a través del sufrimiento, la oración y la caridad. Llamaba la atención su obediencia absoluta a la Iglesia, incluso en los momentos más difíciles. Y sobre todo la capacidad de espiritualizar el dolor humano, transformándolo en testimonio de la presencia de Dios». Palabras que ayudan a comprender por qué, a décadas de su muerte, el fraile capuchino sigue ejerciendo un fuerte atractivo en el imaginario colectivo. Una adoración transversal, popular, capaz de atravesar generaciones y territorios. Y quizás sea precisamente esta fuerza simbólica la que explique el impacto mediático que ha tenido el caso de Casalba.


