El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, ha presidido la Vigilia Pascual en la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén el Sabado Santo, Abr-04-2026, en medio de las restricciones de seguridad a raíz de la guerra.
Esta es la homilía pronunciada por el cardenal Pizzaballa.
Homilía de la Vigilia Pascual
Santo Sepulcro, 4 de abril de 2026
Gn 1,1 – 2,2; Gn 22,1-18; Ex 14,15 – 15,1; Is 54,5-14; Is 55,1-11; Bar 3,9-15.32 – 4,4; Ez 36,16-17a, 18-28; Rom 6,3-11; Mt 28,1-10
Hermanos y hermanas,
Esta Santa Vigilia nos ha conducido en un camino de espera y esperanza, de las tinieblas a la luz. No con un salto repentino, sino a través de un largo y paciente recorrido marcado por la Palabra de Dios, por el silencio, por el fuego y por el agua. La Pascua no comienza con la proclamación de la victoria, sino con la escucha de una historia: una historia que afronta la muerte para llegar a la vida.
Las puertas siguen cerradas. El silencio es casi absoluto, roto quizás por el ruido lejano de lo que la guerra sigue sembrando en esta tierra santa y desgarrada. Sin embargo, precisamente aquí, en este lugar donde la muerte ha sido habitada por Dios, la Palabra de Dios resuena más fuerte que cualquier silencio. Y lo digo con sencillez: también nosotros, hoy, celebramos con una fe probada, frágil, quizás cansada… y sin embargo aún en pie. No porque seamos fuertes, sino porque aquí Alguien nos sostiene.
Aquí la muerte no fue evitada, ni atenuada, sino que fue afrontada hasta el final. Dios no eligió una vía de escape, sino que decidió entrar en la condición humana en su realidad más profunda, asumiendo sobre sí todas las dimensiones de la existencia, incluida aquella que hoy, lamentablemente, experimentamos de manera a menudo violenta: el dolor y la muerte. No para “explicarlos” desde lejos, sino para habitarlos de cerca.
La larga liturgia de la Palabra que hemos escuchado nos ha guiado a través de momentos decisivos. La creación que nace del caos: "Dijo Dios: «¡Exista la luz!». Y la luz existió" (Gn 1,3). Luego la prueba de Abraham en el monte Moriah, donde un padre es detenido por el cuchillo y ve un carnero enredado entre los zarzales, imagen de un sustituto que prefigura el verdadero Cordero. Luego viene el paso del Mar Rojo: el mar abierto como vía de liberación, no de huida. Luego vienen las palabras de consuelo del profeta Isaías: "Por un breve instante te oculté mi rostro; pero con amor eterno tuve compasión de ti, dice tu redentor, el Señor" (Is 54,8). Y de nuevo la invitación universal: "Venid todos los sedientos, venid a las aguas" (Is 55,1). Luego llega la voz de Baruc que indica la Sabiduría como camino de vida. Finalmente, la promesa de Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo" (Ez 36,26). Cada paso nos ha conducido a este punto, donde el Evangelio de Mateo nos relata: "Y de pronto hubo un gran terremoto; pues un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella" (Mt 28,2).
Esta escena no es un simple detalle narrativo. Es el corazón de un pasaje que sacude el mundo: una piedra removida no por fuerzas humanas, sino por el poder divino. En este momento, parece que no hay nadie que pueda rodar las piedras de las tumbas que el sufrimiento por esta situación de guerra sigue cavando. Pero precisamente por esto escuchamos con más urgencia la pregunta que las mujeres llevaban en el corazón: "¿Quién nos moverá la piedra?" (Mc 16,3). No es solo una pregunta práctica. Es la pregunta de cada búsqueda de esperanza cuando parece que ya no hay nada que hacer. Es la pregunta de quienes aman sin buscar respuestas inmediatas, de quienes se acercan al misterio con confianza, incluso cuando el camino parece oscurecido. Hoy, esa pregunta surge de toda Tierra Santa, y de cada lugar del mundo marcado por la violencia. Y la respuesta no es un anuncio vacío, sino un acontecimiento: la piedra ha sido removida. No por nuestra fuerza, sino por el poder del amor de Dios que es más fuerte que la muerte.
Hermanos y hermanas, esa pregunta —"¿Quién nos moverá la piedra? "— aquí, hoy, no es solo un eco lejano del Evangelio. Es el clamor que surge de nuestros hogares, porque a nuestro alrededor, las piedras han sido colocadas de nuevo en su lugar. Y, sin embargo, hoy estamos aquí: en un sepulcro que ha sido abierto de una vez por todas. No porque hayamos sido capaces de quitar la piedra con nuestras propias fuerzas —sabemos bien cuán débiles somos, cuán temerosos somos—, sino porque Alguien la ha quitado antes que nosotros, sin esperar a que estuviéramos preparados, sin preguntarnos si teníamos suficiente fe. La piedra fue removida cuando aún era de noche, cuando aún nadie creía que fuera posible. Y este es el primer anuncio pascual, aquí y ahora: Dios no espera a que terminen nuestras guerras para empezar a resucitar la vida. Empieza en la oscuridad. Comienza en el silencio. Comienza en el sepulcro aún cerrado.
Así pues, esta Vigilia nos interroga: ¿seguimos intentando apartar por nuestra cuenta las piedras que nos oprimen? ¿O dejamos que sea Él, el Viviente, quien nos preceda? Porque la Pascua no es el resultado de nuestros esfuerzos por la paz, por muy necesarios que sean. Es el fundamento que hace posible todo esfuerzo. Si el sepulcro está vacío, entonces nada está verdaderamente cerrado. Ninguna tierra está eternamente en disputa, ninguna herida es incurable para siempre, ningún recuerdo está prisionero del odio para siempre. No porque sea fácil —sabemos lo difícil que es—, sino porque el rumbo de la historia ha cambiado. Ya no caminamos hacia la muerte: desde este sepulcro, la muerte queda a nuestras espaldas. Y aunque la guerra parezca decirnos lo contrario, somos nosotros los que hemos visto la piedra removida.
Y junto a esa piedra, el Evangelio parece rodar también otra piedra: el miedo. Porque la primera palabra de la Pasqua, aquí, es simple y reconfortante: "No tengáis miedo" (cfr. Mt 28,5).
Entrar en este sepulcro vacío – incluso sin peregrinos, aunque estemos solos, a pesar de la guerra – significa enfrentarse con el misterio de la vida que se renueva. El sepulcro vacío no es un vacío que anula la historia. No nos dice que el dolor nunca existió ni que vaya a cesar. El cuerpo resucitado de Cristo, nos lo recuerdan los Evangelios, no está exento de las huellas de la pasión. Pero esas llagas no son signos de derrota: son el sello de una vida que ha vencido a la muerte, llevándola dentro de sí. He aquí el corazón de la Pascua: Dios no cancela nuestra historia, la transfigura, la abre a la luz.
Nos dice que la realidad misma puede ser transformada por el poder de Dios. Ha abierto un paso donde antes solo había un muro. Donde había una piedra definitiva, ahora hay un umbral.
Jerusalén, ciudad marcada por la memoria de la muerte y hoy por tantas divisiones, se convierte en el lugar donde se anuncia la vida. No una vida ideal, lejana, espiritualista. La vida concreta, la de las personas, de los hogares, de las relaciones, de las comunidades. La pregunta que formuló el profeta Ezequiel – "¿Podrán estos huesos volver a vivir?" (Ez 37,3) – es una pregunta que también nosotros nos hacemos hoy, contemplando los escombros a nuestro alrededor y en nuestro interior. Y la respuesta de la fe pascual es clara: sí, pueden volver a vivir. No porque Dios haga milagros mágicos, sino porque Dios es fiel a la vida en su realidad más concreta. No a una vida sin contradicciones, sino a una vida que puede atravesar la contradicción y salir transformada. Y esto ya es un juicio pascual sobre la historia: la muerte, con sus aguijones (Cf. 1Cor 15,55) no es dueña, no es soberana.
Y permitidme decirlo así: si aquí, hoy, hay una "piedra" que realmente podemos llevarnos, es la que nos pesa en nuestro interior – la piedra de la resignación, del rencor, de la desconfianza. El Evangelio no nos pide que realicemos hazañas extraordinarias, sino que protejamos la vida, incluso en las pequeñas cosas. No para negar la cruz, sino para transfigurarla, haciéndola parte del camino de salvación que nos une a la vida de Dios
Y esta es el mandato pascual, aquí desde el Santo Sepulcro: no quedarnos inmóviles ante las piedras del mundo, sino convertirnos – en la medida de nuestras posibilidades – en "piedras vivas", signos de reconciliación, artífices de esperanza, testigos de una vida que la muerte ya no puede encerrar.
Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya!
+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén
Colección de fotos.
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