Como ya se había avisado, el acceso a la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén se garantizaría a un grupo reducido de personas para celebrar las ceremonias del Triduo Sagrado, las cuales se divulgarían vía streaming. La primera de ellas, la Misa en la Cena del Señor, se ha podido realizar hoy, esta es la homilía pronunciada por el cardenal Pizzaballa.
Homilía de la Misa de la Cena del Señor 2026
Jerusalén, Basílica del Santo Sepulcro
Ex 12,1-8.11-14; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15
Queridos hermanos y hermanas,
¡Que el Señor os dé la paz!
Nos encontramos en el lugar donde una piedra selló la muerte. Sin embargo, ahora estamos aquí para celebrar la vida. Hay una tensión que no podemos ignorar: afuera, las puertas del Santo Sepulcro están cerradas. La guerra ha convertido este lugar en un refugio, un interior separado de un exterior cargado de tensión. Estamos aquí como en un seno de paz, mientras alrededor el mundo se desgarra, y gustaría poder cambiar todo esto.
Pero aquí y ahora, la Palabra de Dios nos ofrece un gesto que trasciende a todas nuestras consideraciones humanas.
En el Evangelio de Juan, leemos: "Se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó" (Jn 13,4). Ese verbo, "se ciñó", en sus diversas expresiones, resuena a lo largo de las Escrituras. Es el mismo verbo que se repite en el libro del Éxodo, cuando el Señor da las instrucciones para la Pascua: «Y así lo comeréis: con vuestra cintura ceñida, con vuestras sandalias en los pies y vuestro bastón en la mano; lo comeréis de prisa: es la Pascua del Señor» (Ex 12,11). Ceñirse la cintura, en la Biblia, es el gesto de quien se prepara para partir. Es el gesto de quien está a punto de emprender un éxodo, de quien está a punto de abandonar la tierra de la esclavitud para entrar en la libertad. El pueblo de Israel, aquella noche, comió el cordero con la cintura ceñida porque estaba a punto de partir. El cinto era el signo de un paso inminente.
Y ahora Jesús, en la hora de su partida, se ciñe su cintura. Pero no se ciñe para irse. Se ciñe para postrarse. Esto es lo primero que debemos comprender: Jesús transforma el gesto de quien parte, en el gesto de quien sirve. El éxodo, en la lógica de Dios, no es una huida del mundo, sino una inmersión total en él. Ceñirse la cintura ya no es señal de quien huye de la esclavitud, sino de quien se hace esclavo por amor.
Por esto, el lavatorio de los pies no es un gesto moral, un ejemplo edificante, una escena tierna. Es la forma concreta de la Pascua de Jesús. Es el modo en que Dios se manifiesta en la historia. Es el modo en que el amor elige entrar en el mundo.
Y es precisamente aquí donde emerge nuestra resistencia, encarnada por Pedro. Cuando Jesús llega a él, Pedro reacciona con palabras claras: "No me lavarás los pies jamás" (Jn 13,8). No es solo pudor. Es rechazo. Es el escándalo de un amor que se humilla demasiado. Pedro no acepta un Señor que se inclina. Pero la respuesta de Jesús es aún más clara, y es una de las frases más severas del Evangelio: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo» (Jn 13,8).
Jesús no dice: «Si no aceptas, no serás de los míos». Dice algo más profundo: «no tendrás parte conmigo». La palabra "parte" no indica un rol, sino una comunión. Es la palabra de la herencia. Es la palabra de la alianza. Es como si Jesús dijera: Pedro, tú puedes admirarme, puedes seguirme, puedes incluso defenderme… pero si no aceptas este modo de amar, no entrarás en mi camino. No participarás en mi Pascua.
He aquí el punto decisivo de esta liturgia: la Pascua no es algo que Jesús hace por nosotros sin nosotros. Es algo que podemos vivir solo con Él. Y para vivir con Él debemos acoger su modo de amar. No hay comunión sin esa acogida. No hay "parte" sin dejarse servir.
Pedro, como a menudo sucede, quiere dictar las condiciones del amor. Quisiera un amor que salve sin tocar, que perdone sin exponerse, que libere sin humillarse. Pero Jesús le dice: si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Porque el amor verdadero no se queda a distancia. Desciende. Toca. Se expone.
Aquí, todos podemos reconocernos. Con demasiada frecuencia anhelamos un Dios que nos eleve sin sumirnos en la crisis, que nos dé dignidad sin ignorar nuestra fragilidad. Sin embargo, hoy y aquí, se nos pide algo más difícil: dejarnos amar profundamente. Dejar que Cristo se incline justo allí donde nosotros nos avergonzamos. Dejar que entre en nuestra pobreza, en nuestras incoherencias, en nuestros pecados. Solo así podemos "tener parte" con Él.
Y es en este punto donde comprendemos también la Eucaristía. Pablo nos transmite las palabras de Jesús sobre el pan: «Este es mi cuerpo, entregado por vosotros» (1Cor 11,24). «Por vosotros». No para sí mismo, no para la propia afirmación, no para defender algo. «Por vosotros» significa un cuerpo entregado, un cuerpo donado, un cuerpo que no se guarda nada.
Ese cuerpo, en la cena, toma la forma de un cuerpo que se inclina. La Eucaristía no es separable del lavatorio de los pies. No son dos momentos diferentes: son dos expresiones del mismo amor. El cuerpo partido en el altar es el mismo cuerpo que se arrodilla ante los discípulos. Si separamos las dos cosas, perdemos el sentido de ambas.
Por eso no estamos llamados solo a adorar, sino a entrar en una forma de vida. No basta con mirar a Jesús que se inclina: hay que decidir si queremos tener parte con Él. Y tener parte con Él significa aceptar que nuestra vida sea involucrada en su mismo movimiento.
Jesús, después de lavar los pies, dice: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros» (Jn 13,14). No es una adición final. Es una consecuencia inevitable. Quien tiene parte con Él, toma su forma. Quien entra en su Pascua, entra también en su estilo.
Todo esto, decíamos, no nace de un esfuerzo moral. Nace de una experiencia recibida. Solo quien se ha dejado lavar puede aprender a lavar. Solo quien ha aceptado ser amado así puede amar así. Por eso la primera conversión no es hacer algo por los demás, sino dejar de resistir al amor de Cristo.
Queridos hermanos, la pregunta que esta liturgia nos plantea es simple y radical: ¿queremos tener parte con Él? No en abstracto, sino concretamente. ¿Queremos entrar en un amor que se humilla? ¿Queremos una salvación que pasa por el servicio? ¿Queremos un Dios que no domina, sino que se inclina?
Si decimos que sí, entonces también para nosotros comienza un éxodo. No un éxodo que nos aleja de la realidad, sino un éxodo que nos lleva dentro de la realidad con una nueva mirada. Un paso de la defensa al don, del miedo a la confianza, del orgullo a la comunión.
Esta palabra, "ser parte", resuena de manera particular para nosotros, Iglesia de Tierra Santa. No somos una Iglesia fuerte, no somos una Iglesia numerosa, no somos una Iglesia que pueda permitirse elegir tiempos fáciles, y lo vemos continuamente. A menudo somos una Iglesia cansada, puesta a prueba, a veces tentada a defenderse más que a entregarse. Y, sin embargo, hoy el Señor no nos pide ser poderosos, sino tener parte con Él. No nos pide que lo resolvamos todo, sino que no rechacemos su forma de amar. Porque una Iglesia tiene parte con Cristo no cuando está a salvo, sino cuando acepta compartir su humillación.
Tener parte con Él, para nosotros que vivimos y testimoniamos el Evangelio en esta tierra, significa aprender el lenguaje de la humildad. Humillarnos ante los miedos, sobre las incomprensiones, sobre las fatigas cotidianas de quien corre el riesgo de perder la esperanza. Humillarnos sin pretender tener soluciones inmediatas, sino ofreciendo una presencia fiel. Quizás no podamos cambiar las grandes dinámicas de la historia, pero podemos decidir si tener parte con Cristo en su modo de estar dentro de la historia: no por encima, no en contra, sino al lado.
Hoy, mientras celebramos la Eucaristía, pedimos una gracia esencial: dejarnos lavar. Dejarnos servir. Dejarnos amar sin condiciones. Porque solo así podemos realmente tener parte con Él. Y solo así nuestra vida, lentamente, tomará la forma de su Pascua.
Amén.
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Patriarca Latino de Jerusalén
