Sunday, April 5, 2026

Patriarca De Los Maronitas, Bechara Boutros Raï, Iba A Visitar El Sur Del Líbano

Duro menos tiempo el anuncio de que el cardenal Bechara Boutros Raï, Patriarca de los Maronitas, iba a visitar el sur del Líbano que la cancelación de la misma en llegar. El escueto anuncio llegó vía la agencia oficial de noticias de Líbano, ANI, la cual ayer señalaba la visita para el próximo Miércoles. Según el canal de television MTV, La visita se realizaría con varios obispos maronitas. Esta visita humanitaria y pastoral era para llevar ayuda humanitaria a los pobladores de esa área de Líbano que se encuentran en medio del fuego cruzado entre Israel y Hizbulá. Pero el feliz anuncio duró poco, porque en la noche del mismo día oficialmente se anunció por parte del Patriarcado de Antioquía y de Todo el Oriente, en un comunicado firmado por el propio Raï, que la visita quedaba cancelada.

Comunicado de prensa sobre la cancelación de la visita al sur

Desde el Patriarcado Maronita, Cáritas-Líbano y L'Œuvre d'Orient, expresan su más profunda decepción tras el anuncio de anoche sobre la cancelación del convoy humanitario previsto para hoy con destino a la aldea de Debel, en el sur del Líbano. Esta visita humanitaria y pastoral, programada para el Domingo de Pascua, había sido organizada conjuntamente durante varios días con el Nuncio Apostólico en el Líbano, el contingente francés de la UNIFIL, diversas organizaciones católicas, entre ellas Cáritas-Líbano y L'Œuvre d'Orient, así como una delegación de Bkerké.

El objetivo era entregar más de 40 toneladas de medicamentos y suministros esenciales a los habitantes de esta región, quienes se encuentran aislados del resto del país, desprovistos de recursos y amenazados de extinción, por los continuos combates y las reiteradas órdenes de evacuación del ejército israelí.

Este viaje iba a realizarse en presencia del presidente de Caritas-Líbano, el padre Sumir Ghaoui, y del director general de L'Euvre d'Orient, el obispo Hugues de Woillemont, quienes habían viajado al Líbano para representar a la Iglesia en Francia junto con el pueblo libanés.

L'Œuvre d'Orient y Caritas-Líbano reiteran que la cancelación de un convoy humanitario, incluso por razones de seguridad, constituye una violación del derecho internacional humanitario, especialmente cuando dicho convoy tiene como objetivo ayudar a civiles vulnerables atrapados en sus aldeas. También constituye una afrenta para los habitantes del sur del Líbano, que permanecen desarmados y atrapados en el fuego cruzado de una guerra entre Hezbolá e Israel, que pone en peligro sus vidas y los amenaza diariamente con el desplazamiento forzoso. Finalmente, envía un mensaje doloroso a los cristianos del sur del Líbano, a quienes se les impide celebrar la Pascua con una delegación bajo los auspicios del Vaticano.

Desde Bkerke, Caritas-Líbano y L'Œuvre d'Orient, reiteran su compromiso y admiración por el valor y el testimonio de paz demostrados por los habitantes que permanecieron en el sur del Líbano, donde se han organizado seis convoyes humanitarios desde el inicio de la guerra.

[firmado]
Béchara Boutros Cardenal Raï
Patriarca de Antioquía y de Todo el Oriente

Vistas las circunstancias, se nos hace que en pocos días veremos al cardenal Raï en audiencia con el Papa. El pasado Mar-09-2026, a raíz de la muerte del sacerdote Pierre al-Rai, de la localidad de Al-Qlayaa, a causa de las heridas sufridas por el fuego de un tanque israelí, la Oficina de Prensa de la Santa Sede daba a conocer el “profundo dolor” del Papa León XIV “por todas las víctimas de los bombardeos de estos días en Medio Oriente, por los tantos inocentes, incluidos muchos niños, y por quienes les prestaban auxilio, como el Padre Pierre El-Rahi”.


Entradas Relacionadas: “¡No Se Desanimen!”, Mensaje Papal “A Los Habitantes De La Poblacion De Debel” Y El Sur De Líbano.

Misa Pascual A Puerta Cerrada En El Santo Sepulcro

En la mañana de hoy, Abr-05-2026, en medio de las restricciones impuestas motivo guerra, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, presidió la Misa de Pascua en el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Esta es la homilía para la ocasión pronunciada por el cardenal Pizzaballa.

Homilía de Pascua de Resurrección

Jerusalén, Santo Sepulcro, 5 de abril de 2026

Hch 10,34, 37-43; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

Hermanos y hermanas,

Aquí, dentro de este Sepulcro, no estamos ante un símbolo: estamos ante un vacío real. Un vacío que no es ausencia, sino una proclamación. Un vacío que no nos deja en paz, porque nos quita de las manos lo que quisiéramos retener. La Pascua comienza así: no con una explicación, sino con un desgarro. No con una emoción, sino con una pregunta que desorienta.

El Evangelio de hoy nos pone inmediatamente en movimiento. María Magdalena llega "de madrugada", cuando aún está oscuro. Va al lugar donde piensa encontrar a Jesús. Es un gesto lleno de amor, pero también lleno de costumbre: busca donde lo había dejado, donde la muerte lo había puesto. Y encuentra la piedra removida, el sepulcro abierto, y sobre todo no encuentra el cuerpo. Y entonces pronuncia la frase que es, en el fondo, la primera palabra de toda fe verdadera: "No sabemos…" (Jn 20,2). No sabemos dónde lo han puesto. No sabemos.

He aquí la primera provocación pascual, aquí, en el lugar más santo y más frágil de nuestra memoria: Dios no se deja poseer. El Resucitado no está donde nosotros lo habíamos puesto. No está donde nuestras certezas lo habían colocado. El Resucitado nos precede. Esta es la idea central de la Pascua: no somos nosotros quienes custodiamos a Dios; es Dios quien nos libera a nosotros.

Nosotros, en cambio, quisiéramos una fe que no lo trastorne todo. Quisiéramos encontrar a Jesús "en su lugar": dentro de nuestras imágenes, nuestras fórmulas, nuestros esquemas religiosos que a veces se convierten en jaulas, dentro de nuestras nostalgias. Y en cambio, en Pascua, Dios hace algo que no habíamos pedido: se retira. No para huir, sino para salvarnos de un equívoco: que la fe sea algo que poseer, un control, una prueba en el bolsillo.

Por esto María corre. Por esto Pedro y el otro discípulo corren. La fe, cuando es verdadera, nunca es inmóvil. Es una carrera tras una ausencia que se convierte en promesa. Entran en el sepulcro y ven señales: los lienzos, el sudario, todo cuidadosamente dispuesto. No es un detalle secundario. No es escenografía. La muerte ya no es una vestidura que cubre, sino un hábito que ha sido guardado con cuidado, sin necesidad de ser usado. Es como si el Evangelio nos dijera: mirad bien, porque la Resurrección no es magia. Es una nueva libertad. Jesús no fue arrastrado fuera: Él salió. La muerte, para Él, ya no es una prisión: es una vestidura que queda allí, doblada, inútil.

Y aquí, en el Santo Sepulcro, esto también nos habla con fuerza. Hay piedras que cierran la vida. Hay "definitivos" que pronunciamos demasiado deprisa: definitivo es el fracaso, definitiva es la herida, definitiva es la culpa, el miedo, el odio, la soledad. Y, sin embargo, en el relato pascual, la piedra no es solo un objeto: es el símbolo de todo lo que consideramos cerrado, sin salida. Y la Pascua nos dice: no lo es.

La Pascua no nos promete una vida "fácil". La Pascua nos promete una vida abierta. Y para abrirla, a menudo Dios debe primero quitarnos certezas. Por eso la Resurrección, antes de consolar, inquieta. Antes de llenar, vacía. Antes de dar, quita. Quita la idea de un Dios domesticado. Quita una religión que es solo costumbre. Quita una esperanza que no arriesga nada.

Y entonces entendemos las palabras de Pablo a los Colosenses: "Buscad las cosas de arriba" (Col 3,1). No significa huir de la tierra. No significa cerrar los ojos ante el dolor del mundo. Significa, más bien, cambiar de orientación: dejar de vivir con la mirada clavada en las tumbas – incluso en las tumbas interiores– y aprender a vivir como resucitados. "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3): es decir, vuestra vida no está definida por vuestros pecados, ni por vuestros miedos, ni por vuestras derrotas. Está custodiada en otro lugar, con el Resucitado, en Dios. Y precisamente por esto puede volver a abrirse de nuevo, aquí, ahora.

Y también la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece otra clave fundamental: Pedro anuncia que Jesús pasó haciendo el bien, que fue asesinado, y que Dios lo resucitó; y añade que esta noticia es para todos, sin preferencias: "Dios no hace acepción de personas" (Hch 10,34). Ningún pueblo, ninguna lengua, ninguna historia está excluida de esta esperanza. Si la muerte ha sido vencida, entonces ninguna vida está "demasiado perdida" para ser buscada. La Pascua es universal porque nace en un lugar preciso, concreto, real –aquí– y precisamente por esto puede alcanzar concreta y verdaderamente al mundo entero.

No es un pensamiento abstracto. Nos encontramos en el lugar donde se apartó la piedra, pero sabemos bien que a nuestro alrededor aún hay demasiadas piedras que permanecen cerradas. Demasiadas tumbas han sido excavadas de nuevo por el odio, la violencia y la venganza. En esta Tierra Santa, que es madre de la fe y que se ha convertido también en tierra de continuos enfrentamientos, resuena con fuerza dramática la pregunta: "¿Dónde lo habéis puesto?". Porque parece que hemos vuelto a poner al Señor en un sepulcro, cada vez que creemos que la muerte tiene la última palabra sobre la historia, cada vez que nos resignamos a la lógica del enemigo, cada vez que llamamos "paz" a una simple tregua armada y "justicia" solo al cálculo de los daños.

Pero la Pascua nos dice: el Resucitado no está dentro de nuestras estrategias de supervivencia. No es prisionero ni de nuestras razones ni de nuestros miedos. Él ya ha salido, y nos precede. Nos precede en el valor de volver a empezar, en reconocer el rostro del otro, en desarmar el corazón incluso antes que las manos. Y así, mientras a nuestro alrededor aún se alzan voces de muerte, no tenemos otra arma que este sepulcro vacío: para anunciar que nada es definitivo, que la última palabra no pertenece a quien entierra, sino a quien resucita. El Señor ha resucitado: y esto no es un dogma lejano, sino una desobediencia a la resignación. Es la única esperanza que aún puede abrir, aquí y ahora, las puertas de la paz.

Y aquí llega la segunda provocación pascual: el Resucitado no es un objeto de culto; es un sujeto que llama. No nos limitamos a contemplarlo: lo seguimos. No lo retenemos: lo dejamos ir por delante. También María deberá aprenderlo. También los discípulos deberán aprenderlo. Y nosotros hoy, que estamos aquí en el lugar más cargado de memoria cristiana, debemos aprenderlo con particular humildad: incluso los lugares santos pueden convertirse en un museo si no se convierten en un éxodo; la liturgia puede convertirse en repetición si no se convierte en conversión; y la fe puede ser correcta pero estéril si no se vuelve valiente.

Por eso, hoy, en el Sepulcro de Jerusalén, me gustaría recordar una sola frase: El Resucitado no está donde lo habíamos puesto: nos precede.

Nos precede cuando nos llama fuera de nuestros sepulcros: no solo los de la muerte física, sino los de la resignación, del cinismo, de la indiferencia. Nos precede cuando nos invita a dejar de definir a las personas por su error, o la historia limitada a su dolor, o a nosotros mismos por nuestros pecados. Nos precede cuando, en lugar de darnos una respuesta fácil, nos pone en camino.

Y entonces entendemos también el sentido de los signos: la piedra rodada, los lienzos doblados, el sepulcro abierto. Son como un mensaje dejado especialmente para nosotros: la vida ya no puede ser encerrada. No se trata de "mirar al cielo" para escapar de la tierra, sino de mirar la tierra con ojos nuevos, con la mirada de quien ha comprendido que la última palabra no es "fin", sino "inicio".

La Pascua no es una frase para repetir; es una puerta que cruzar. La piedra ha sido quitada. El paso está abierto. Pero nosotros debemos decidir si quedarnos dentro o salir.

Salir significa, concretamente: elegir el perdón cuando sería más fácil endurecerse; elegir la verdad cuando sería más cómodo adaptarse; elegir la esperanza cuando todo sugiere lo contrario; elegir hacer el bien, como Jesús "pasó haciendo el bien", aunque no haga ruido, aunque no dé prestigio.

Porque este es el juicio de la Resurrección sobre nosotros: no nos pregunta si sabemos hablar de la Pascua; nos pregunta si vivimos como resucitados. No nos pregunta si tenemos palabras correctas, sino si tenemos un corazón en movimiento. No nos pregunta si sabemos encontrar a Dios solamente en los lugares sagrados, sino si sabemos reconocerlo vivo en los signos concretos de la vida, allí donde la vida y la muerte se cruzan cada día.

Y entonces, una vez más, aquí, en el Santo Sepulcro, en el punto en que la historia cambió de dirección, nosotros no pronunciamos una frase de rigor. Tomamos una decisión. Proclamamos un anuncio que nos supera y nos precede: ¡El Señor ha resucitado!

Y precisamente porque ha resucitado, nunca lo encontraremos donde lo habíamos puesto. Lo encontraremos delante de nosotros, llamándonos a salir.

¡Felices Pascuas!

Colección de fotos.

Bendición Urbi Et Orbi Pascua 2026

En la mañana del Domingo de Pascua, Abr-05-2026, el Papa León XIV celebró la Santa Misa en el atrio de la Basílica de San Pedro a las 10:15 horas, tiempo de Roma. En la programación estaba previsto que inmediatamente después de ello el Papa hiciera el recorrido por la Plaza de San Pedro y las inmediaciones —Via della Conciliazione—, pero no fue posible, por lo que dicho recorrido fue postergado para después del mensaje Urbi Et Orbi, con lo que la presencia de León XIV entre los fieles que acudieron se prolongó hasta las 13 horas.

Unos minutos después de mediodía se vio aparecer en la Logia de las Bendiciones de la Basílica de San Pedro al Santo Padre para pronunciar el mensaje Urbi Et Orbi, durante el cual anunció que se realizará una “vigilia de oración por la paz...en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril”, a la cual invitó a todos a unirse. León XIV retomó la costumbre de enviar augurios pascuales en diferentes lenguas, diez en concreto (estos saludos solamente aparecen en el texto proporcionado en italiano). Este último hecho en tiempos de Benedicto XVI y Juan Pablo II era criticado por los malquerientes, quienes no le veían sentido.

Al final del mensaje, como novedad, se cantó el Regina Cæli, no se rezó. La bendición fue introducida por el cardenal Protodiácono, Dominique Mamberti, en estos términos.

El Santo Padre León XIV, a todos los fieles presentes y a aquellos que reciben su bendición por medio de la radio, de la televisión, y otras tecnologías de la comunicación, concede la indulgencia plenaria en la forma establecida por la Iglesia.

Oremos a Dios omnipotente para que conserve largamente al Papa a la guía de la Iglesia, y conceda paz y unidad a la Iglesia en todo el mundo.

Seguidamente el Papa impartió la bendición utilizando la fórmula usual.

Sancti Apostoli Petrus et Paulus, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum.

Precibus et meritis beatæ Mariae semper Virginis, beati Michaelis Archangeli, beati Ioannis Baptistæ et sanctorum Apostolorum Petri et Pauli et omnium Sanctorum misereatur vestri omnipotens Deus et dimissis omnibus peccatis vestris, perducat vos Iesus Christus ad vitam æternam.

Indulgentiam, absolutionem et remissionem omnium peccatorum vestrorum, spatium verae et fructuosae pænitentiæ, cor semper pænitens et emendationem vitae, gratiam et consulationem sancti Spiritus et finalem perseverantiam in bonis operibus, tribuat vobis omnipotens et misericors Dominus.

Et benedictio Dei omnipotentis: Patris et Filii et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat semper. Amen.

En el video, con audio original en italiano, la bendición inicia en 18:25.

Felices Pascuas

A todos deseamos unas muy Felices Pascuas.

Christus surrexit vere, sicut dixit! Alleluia!

Saturday, April 4, 2026

— Díganos La Verdad Santidad, ¿Se Siente 100 % A Gusto Con Su Férula?
— Pues...

El debut de la férula de León XIV fue la solemnidad de la Epifanía de 2026, la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas publicó posteriormente una explicación de ella (italiano).

Como no faltará el que diga que la foto está alterada, editada o es de plano falsa, pueden ir aquí a la fuente para ver los metadatos.

Vigilia Pascual En El Santo Sepulcro

El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, ha presidido la Vigilia Pascual en la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén el Sabado Santo, Abr-04-2026, en medio de las restricciones de seguridad a raíz de la guerra.

Esta es la homilía pronunciada por el cardenal Pizzaballa.

Homilía de la Vigilia Pascual

Santo Sepulcro, 4 de abril de 2026

Gn 1,1 – 2,2; Gn 22,1-18; Ex 14,15 – 15,1; Is 54,5-14; Is 55,1-11; Bar 3,9-15.32 – 4,4; Ez 36,16-17a, 18-28; Rom 6,3-11; Mt 28,1-10

Hermanos y hermanas,

Esta Santa Vigilia nos ha conducido en un camino de espera y esperanza, de las tinieblas a la luz. No con un salto repentino, sino a través de un largo y paciente recorrido marcado por la Palabra de Dios, por el silencio, por el fuego y por el agua. La Pascua no comienza con la proclamación de la victoria, sino con la escucha de una historia: una historia que afronta la muerte para llegar a la vida.

Las puertas siguen cerradas. El silencio es casi absoluto, roto quizás por el ruido lejano de lo que la guerra sigue sembrando en esta tierra santa y desgarrada. Sin embargo, precisamente aquí, en este lugar donde la muerte ha sido habitada por Dios, la Palabra de Dios resuena más fuerte que cualquier silencio. Y lo digo con sencillez: también nosotros, hoy, celebramos con una fe probada, frágil, quizás cansada… y sin embargo aún en pie. No porque seamos fuertes, sino porque aquí Alguien nos sostiene.

Aquí la muerte no fue evitada, ni atenuada, sino que fue afrontada hasta el final. Dios no eligió una vía de escape, sino que decidió entrar en la condición humana en su realidad más profunda, asumiendo sobre sí todas las dimensiones de la existencia, incluida aquella que hoy, lamentablemente, experimentamos de manera a menudo violenta: el dolor y la muerte. No para “explicarlos” desde lejos, sino para habitarlos de cerca.

La larga liturgia de la Palabra que hemos escuchado nos ha guiado a través de momentos decisivos. La creación que nace del caos: "Dijo Dios: «¡Exista la luz!». Y la luz existió" (Gn 1,3). Luego la prueba de Abraham en el monte Moriah, donde un padre es detenido por el cuchillo y ve un carnero enredado entre los zarzales, imagen de un sustituto que prefigura el verdadero Cordero. Luego viene el paso del Mar Rojo: el mar abierto como vía de liberación, no de huida. Luego vienen las palabras de consuelo del profeta Isaías: "Por un breve instante te oculté mi rostro; pero con amor eterno tuve compasión de ti, dice tu redentor, el Señor" (Is 54,8). Y de nuevo la invitación universal: "Venid todos los sedientos, venid a las aguas" (Is 55,1). Luego llega la voz de Baruc que indica la Sabiduría como camino de vida. Finalmente, la promesa de Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo" (Ez 36,26). Cada paso nos ha conducido a este punto, donde el Evangelio de Mateo nos relata: "Y de pronto hubo un gran terremoto; pues un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella" (Mt 28,2).

Esta escena no es un simple detalle narrativo. Es el corazón de un pasaje que sacude el mundo: una piedra removida no por fuerzas humanas, sino por el poder divino. En este momento, parece que no hay nadie que pueda rodar las piedras de las tumbas que el sufrimiento por esta situación de guerra sigue cavando. Pero precisamente por esto escuchamos con más urgencia la pregunta que las mujeres llevaban en el corazón: "¿Quién nos moverá la piedra?" (Mc 16,3). No es solo una pregunta práctica. Es la pregunta de cada búsqueda de esperanza cuando parece que ya no hay nada que hacer. Es la pregunta de quienes aman sin buscar respuestas inmediatas, de quienes se acercan al misterio con confianza, incluso cuando el camino parece oscurecido. Hoy, esa pregunta surge de toda Tierra Santa, y de cada lugar del mundo marcado por la violencia. Y la respuesta no es un anuncio vacío, sino un acontecimiento: la piedra ha sido removida. No por nuestra fuerza, sino por el poder del amor de Dios que es más fuerte que la muerte.

Hermanos y hermanas, esa pregunta —"¿Quién nos moverá la piedra? "— aquí, hoy, no es solo un eco lejano del Evangelio. Es el clamor que surge de nuestros hogares, porque a nuestro alrededor, las piedras han sido colocadas de nuevo en su lugar. Y, sin embargo, hoy estamos aquí: en un sepulcro que ha sido abierto de una vez por todas. No porque hayamos sido capaces de quitar la piedra con nuestras propias fuerzas —sabemos bien cuán débiles somos, cuán temerosos somos—, sino porque Alguien la ha quitado antes que nosotros, sin esperar a que estuviéramos preparados, sin preguntarnos si teníamos suficiente fe. La piedra fue removida cuando aún era de noche, cuando aún nadie creía que fuera posible. Y este es el primer anuncio pascual, aquí y ahora: Dios no espera a que terminen nuestras guerras para empezar a resucitar la vida. Empieza en la oscuridad. Comienza en el silencio. Comienza en el sepulcro aún cerrado.

Así pues, esta Vigilia nos interroga: ¿seguimos intentando apartar por nuestra cuenta las piedras que nos oprimen? ¿O dejamos que sea Él, el Viviente, quien nos preceda? Porque la Pascua no es el resultado de nuestros esfuerzos por la paz, por muy necesarios que sean. Es el fundamento que hace posible todo esfuerzo. Si el sepulcro está vacío, entonces nada está verdaderamente cerrado. Ninguna tierra está eternamente en disputa, ninguna herida es incurable para siempre, ningún recuerdo está prisionero del odio para siempre. No porque sea fácil —sabemos lo difícil que es—, sino porque el rumbo de la historia ha cambiado. Ya no caminamos hacia la muerte: desde este sepulcro, la muerte queda a nuestras espaldas. Y aunque la guerra parezca decirnos lo contrario, somos nosotros los que hemos visto la piedra removida.

Y junto a esa piedra, el Evangelio parece rodar también otra piedra: el miedo. Porque la primera palabra de la Pasqua, aquí, es simple y reconfortante: "No tengáis miedo" (cfr. Mt 28,5).

Entrar en este sepulcro vacío – incluso sin peregrinos, aunque estemos solos, a pesar de la guerra – significa enfrentarse con el misterio de la vida que se renueva. El sepulcro vacío no es un vacío que anula la historia. No nos dice que el dolor nunca existió ni que vaya a cesar. El cuerpo resucitado de Cristo, nos lo recuerdan los Evangelios, no está exento de las huellas de la pasión. Pero esas llagas no son signos de derrota: son el sello de una vida que ha vencido a la muerte, llevándola dentro de sí. He aquí el corazón de la Pascua: Dios no cancela nuestra historia, la transfigura, la abre a la luz.

Nos dice que la realidad misma puede ser transformada por el poder de Dios. Ha abierto un paso donde antes solo había un muro. Donde había una piedra definitiva, ahora hay un umbral.

Jerusalén, ciudad marcada por la memoria de la muerte y hoy por tantas divisiones, se convierte en el lugar donde se anuncia la vida. No una vida ideal, lejana, espiritualista. La vida concreta, la de las personas, de los hogares, de las relaciones, de las comunidades. La pregunta que formuló el profeta Ezequiel – "¿Podrán estos huesos volver a vivir?" (Ez 37,3) – es una pregunta que también nosotros nos hacemos hoy, contemplando los escombros a nuestro alrededor y en nuestro interior. Y la respuesta de la fe pascual es clara: sí, pueden volver a vivir. No porque Dios haga milagros mágicos, sino porque Dios es fiel a la vida en su realidad más concreta. No a una vida sin contradicciones, sino a una vida que puede atravesar la contradicción y salir transformada. Y esto ya es un juicio pascual sobre la historia: la muerte, con sus aguijones (Cf. 1Cor 15,55) no es dueña, no es soberana.

Y permitidme decirlo así: si aquí, hoy, hay una "piedra" que realmente podemos llevarnos, es la que nos pesa en nuestro interior – la piedra de la resignación, del rencor, de la desconfianza. El Evangelio no nos pide que realicemos hazañas extraordinarias, sino que protejamos la vida, incluso en las pequeñas cosas. No para negar la cruz, sino para transfigurarla, haciéndola parte del camino de salvación que nos une a la vida de Dios

Y esta es el mandato pascual, aquí desde el Santo Sepulcro: no quedarnos inmóviles ante las piedras del mundo, sino convertirnos – en la medida de nuestras posibilidades – en "piedras vivas", signos de reconciliación, artífices de esperanza, testigos de una vida que la muerte ya no puede encerrar.

Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya!

+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

Colección de fotos.

Friday, April 3, 2026

Y León Cargó La Cruz

Realizado el Via Crucis del Viernes Santo en el Coliseo Romano y, como se había anunciado, el Papa León XIV cargó la cruz durante todas las catorce estaciones. Las informaciones señalan que la cruz era liviana, no era para más, y tenía un tamaño de 1,5 mts en su vertical. Los asistentes no sabemos cuántos eran, porque unos medios señalaban 20 mil, otros 30 mil, entre los cuales destacaban al alcalde de Roma, Roberto Gualtieri. Y efectivamente, desde 1965, tiempos de Paulo VI, como creíamos inicialmente, no había habído ningún Pontífice que cargara la cruz durante toda la ceremonia.